Hacia el mar embudoEncima de este mar nuestro hay otro mar,
con criaturas nadando en él, y ellas viven ahí
igual que nosotros vivimos aquí.El accede a que ella tome el espacio del último recurso que a él le queda.
El lugar donde él reserva sus mas íntimos secretos ante sí. Es la prueba que no desea pasar, ni dejar ceder, obviar. Porque también ahí reside su placer.
Y cuando los cuerpos ligados caminan por alguna línea del tiempo, los ojos proporcionan actos inesperados absolutos.Y una vez mas él se despoja del cuerpo, su mente fluye por un hueco desconocido de placer llevadero. Irresistible.
Ambos asisten a su propia muerte en nacimiento. Y él desea desde la espera, que ella tome todo lo que pueda a pesar de sus reservas, larga para quien ansía todo, y en el rincón las horas de hogar asientan.
Hasta que ella aparece. Con ruidos de siempre, bromas del cansancio y la dicha, confirmar el placer con mirar redondo.
La vergüenza se acerca para dar un sentido a la realidad, que él toca con ella y que es necesario asumir. Ahora el la deja entrar al cuarto, pisar la alfombra invisible que antes era solo un cuento fabricado.
La socialización los convierte en otros seres que ocultan una verdad que no puede ser contada o entendida. Solo el silencio que reside entre el espacio de sus cuerpos es el dueño.
Una vez que el ojo se retroalimenta, la separación es mortal y no se puede permitir el desgarre. Así que él se suma al viaje de calores en la carretera. Al mundo de ella.
Donde la hileras de palmeras recuerdan ahora un pasado remoto.
El quiere ser testigo, cubrir la inmensidad, su ansiedad por el conocimiento lo vuelve débil.Un cuento que comienza con nacimientos en la cuidad inventada, a la que sólo le quedan restos. Y ellos van conducidos por un poder sencillo, de conversaciones suaves que rebota en saturaciones de latidos.
Ella se encuentra frente al mar con un cuerpo adentro y de sí.
Otro desde fuera camina por la costa que algún día existió, un perro solitario a su lado busca no estar solo.El agua resbala en los cuerpos calientes,
El ángel caminante cuida.
Taís Molina
26 de julio del 2002