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Jigs and Lures

El cielo inmenso que me pertenece ha caído en un detalle de mi plegaria. Yo lo creía cambiar desde los amarillos, a los fuegos intensos. El mentía. Era mi visión la que cambiaba de ángulo. Lo demás pasaría. La pasión, la vida, la necesidad de ser abrazada, el don. Toda esta inútil persecución de la nada cuando una nube está a punto de cambiar su rumbo y disolverla. El quedaría allí, fijo en sus circunvalaciones, con sus metáforas, con su luz –la que aún yo pueda ver. Las grietas del muro y el relámpago de calor logran el juego por todo lo que falta en esta tarde y ella, mi madre, como una sonámbula, también camina ahora por toda la casa que es redonda y circular, como un pequeño tapiz. Creo que ya tendré otra fórmula de concebirla para que su poder absoluto también haya cambiado.  Ella es la reina, y el cielo que cambia vertiginosamente para su mirada es el lugar más próximo al trono, al renacer. La herida hecha por el tiempo se enrojece y sana poco a poco con la luz. Es mi madre, esa niña cuyo vellos púbicos perdieron su esplendor  –esa piel blanca atravesada por ríos de várices; esa mujer que se avergüenza de estar cansada en un sillón–, se aproxima cada vez más a la idea de su propia estatua. Su coquetería era de tanta naturalidad artificial, algo así, como una fruta pintada, retocada –como el fondo del cielo de una cáscara contra el techo de cal. Algo insincero en el gesto de cubrirse la mitad, de la pierna, el pelo, el disimulo, la sonrisa. (Coger el pliegue de la saya vitral con los dedos en pinza). Y en el doblez hay cariño, hay dolor... Un peine al final, rajado, percudido y plástico, como el frágil látigo de acariciar siempre hacia arriba, su única caricia entre el peine que sube y el dedo en tenaza que aprisiona el pliegue de una saya tensa siempre. Todo el mundo que ha vivido está allí, boca arriba y lo mira de soslayo, sin atreverse a encararlo. Dios, Dios! dónde se esconde la mujer bellísima y sin retocar del retrato limpio ahora por el programa digital? Fue esta? Fue siempre esta? El envés de una reina? Mi madre? Su sillón de mimbre deshilachado, un trono? La actriz  que aún se prepara para su película en el doble de Annita ....?El tiempo no avanza, sino que retrocede, se curvea. Ella estaba ahorita en la misma sala, sobre los mismos almohadones manchados. Pero en unos días, cientos de historias habrían pasado por su cuerpo atravesando la epidermis, llenándola de pequeñas manchas azuladas, agujeros casi a contra luz. Cada pliegue de su cara es un retazo; cada contorno determina un sujeto (de plomo) un acontecimiento, para engañar. Y allí estábamos todos los hijos malditos o preferidos; todos los pasados en los restos de un paisaje crepuscular cosido en su cojín de muaré. Encima, sus zapatos. Más arriba, sus piernas delgadas, y después el cuerpo que alguien me quitaba entre las sábanas. Creo que nunca la había visto así, tan de cerca, tan distante, dando una vuelta entera por la casa hasta llegar despacio y refugiarse en su sillón. Sólo cuando entro al elevador oscuro –al túnel–  y se la llevan hacia donde ya no puedo estar (a donde ya no soy nadie para permitirme, ni ella es mi madre) me sentía perdida, partida y aterrada. Aterradoramente sola jugando con una jeringa vacía. Cuando regresa, justo con el movimiento inverso hacia el sillón –que siempre le quito, que siempre le he quitado–, la bolsa de sangre aún cuelga de su brazo   como un señuelo de plomo contra el tiempo,   y me regaña: “Qué estás haciendo aquí?” 

reina maría rodríguez