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El erudito
 

Para estos libros que esperan
el gusano o el fuego,
figuras iluminadas,
viejas viñetas con un coche que pasa,
para estos muertos he dejado mi vida,
para estos papeles donde las horas
y todo lo que se pierde,
quisieron abolir el azar: destino que se mueve.
Saltimbanquis, aureolas, honras fúnebres
a la memoria de un poeta olvidado,
que esperó que nosotros lo recordaríamos.
Coronas, tumbas, posteridad enemiga.
Mi pasión o tal vez mi nostalgia
no bastan para darles la vida.
En mis propias sábanas se retuerce el gusano
y en mis ojos el fuego.
  

 

Torneo fiel 

            Eramos tan amantes que a veces éramos amigos. O éramos
tan amigos que a veces nos amábamos.
            Para añadir un nuevo anillo a nuestra unión, decidimos
batirnos. Fuimos a escoger las armas: dos espadas iguales en tamaño
y temple.
            Nos preparamos desde el alba. Ajustados lorigas y yelmos,
montamos a caballo y nos pusimos frente a frente.
            Así estamos todavía.
            Sin tiempo, encarnizados, inexorables, tratando de vencer
de un tajo y para siempre al otro.

 

En un libro de rezos 

En el amor de tu cuerpo
me instruyeron los ritos de la liturgia.
Confieso el deseo,
de rodillas comulgo con tus labios.
Ante tu sexo, pido un milagro.
Eres mi credo, eres mi padre nuestro.
 
Si te perdiera, como el asceta
Flagelaré mi espalda, la boca inútil.
Con los ramos del mártir coronaré mi frente.
Serán mis lágrimas la esperma de tus cirios.
En la vasta iglesia de los amantes,
Celebraré las exequias más tristes:
el oficio divino por tu cuerpo mortal.
 
 

 
La piedra filosofal

 
Durante muchos años deje mi corazón latir.
No le exigí una pena ni me exigió una lágrima.
Despacioso labró sin dolor el corazón su píedra.
 
Antes de ser enterrado ha de abrirse mi pecho:
en una urna iluminada sea expuesta la piedra.
Mi lección, y un amuleto ofrendo a las criaturas.

 
 
 Pareja de ciervos

 
“How strange a thing is death
bringing to his knees, bringing to his antlers,
the buck in the snow.”

 
                        Edna St. Vincent Millay
 
 
La cabeza adornada, flexibles y nerviosos
                        Pasan dos ciervos.
Su belleza ligera anima la soledad del bosque.
                        Es el momento de la cópula:
tienen del andar juntos una corta afición.
                        Ya su fino oído les advierte el peligro:
tensa en el aire silba la flecha asesina.
                        Un prodigioso salto en vano,
                        y después el trémulo bramido.
                        Que extraña la muerte:
ha puesto al ciervo de rodillas
                        Sobre su propia sangre,
contra la tierra la cabeza adornada.
                        Que extraña la vida:
tras la espesura, quieta
                        y oculta, expectante mira
desde los ojos de la cierva.
 
 

Elvira 

Se educó
para ser la amante perfecta de un guerrero.
Aprendió el nombre de las armas,
a colgar el sable, a desatar las botas.
Pasó su juventud
sirviendo a una imagen:
la vio pasar, la despidió,
oyó tronar los cañones.
Envejeció esperando
las cosas que el nombre designaba,
el toque en la puerta, el peso de los pies.
 
 
 

Llega el momento
 
Nunca quisiste escuchar
el lenguaje de los pájaros.
Carecías de paciencia para oír.
 
Amabas la ciudad,
sus prisas, tal vez su canto.
 
Sin embargo has envejecido
y los pájaros continuan
hablando para ti.
La ciudad se ha vuelto muda.
 
Recuéstate suavemente,
suavemente,
y ponte al fin a escuchar.
 
 

En la alcoba 

Desnudo en el amanecer
Se levanta mi amor.
Su cuerpo inocente,
Reflejo de una joya en la luz,
Muestra callado su alegría,
El vencimiento de la muerte.
 
Si quisiera permanecer desnudo,
Con su claridad de carne
Anular la penumbra
Permitirme que moje la boca
En la humedad de su sexo.
 
En un instante
Cuanta dicha escondida,
Sin que nada consienta.
 
 

La esperma sagrada 

Vestida la cama,
descubro la huella de su carne:
una gota amarilla.
Luz palpable.
Apagado cirio.
La cama fue un altar.
En la penumbra,
un cirio iluminaba el paño.
Labrado recuerdo,
tocarlo como si latiera.
Alzo la sábana,
envuelto en ella avanzo.
Solemne a la ciudad
me asomo,
la rosa amarilla en el pecho.

 Anton Arrufat