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NÉBULA

La vida tan precaria: nunca presencia de la vida,
sino nuestro eterno ruego al prójimo para que viva
mientras nos morimos.

Blanchot.

 

¿De qué noche es este rito? Carneados,
puestos cada uno sobre una piedra distinta,
atados a las piedras con la sangre
todavía caliente, chorreando.
El amor es aquí ajeno, todo deseo:
gritan, se retuercen,
hablan en lenguas, ven visiones.
Entran al agua roja, su óxido y su espuma,
al barro, al sexo abierto de la tierra
y en el fondo, ningún mar,
ninguna infancia.
                          ¿De qué noche
o día o relámpago o niño sin ojos
empujado desnudo hacia las llamas?
Cae el cielo sobre el mundo.
La tierra invade las aguas.
Se mezclan y confunden.

 

 


Ansía penetrar, hundirse, desaparecer
entre los últimos pliegues. Morir, no morir:
hay un descanso - se dice a si mismo-
en la peor de las fatigas. Así
como la sangre es espesa y roja,
y el deseo conforma animal con dos espaldas,
la presa huye de lo que, acaso,
con sus garras y dientes, podría salvarla.
Un sol sucio deriva por el agua.
Alumbra cuanto pare el fruto más amargo.
En un rincón oscuro, nueces y sogas.
Las horas roen la madera, el papel
que fuera carta desde El Havre
ahora confirma que el mundo
está irremediablemente sumergido.
Pregunta, nos pregunta: ¿existe
imitación, falsedad, copia,
una moral para la materia del relámpago,
sabiduría que no sea hija
o nieta de traición o acoplamiento?

 


Anda desnuda bajo los puentes.
No logra contener aquello que la habita.
Se desborda, se ahoga
con lo que de si sale a borbotones.
Abraza, se deja abrazar, grita.
Algún día será escombros,
hoy es tierra siempre seca
que pugna por la lluvia.
¿Qué nombre darle
si la veo siempre de espaldas,
no veo su rostro, y ya son años,
respiración que ninguna ancla sujeta,
dios que creo demonio y viceversa?

 


¿Sobrevivirán la materia perforada,
el paisaje que el ojo entrevé
y por cuya superficie repta una sombra?

Nacerá el hijo del muslo
-       cae
la palabra por su propio peso -
caen los hoteles, sus pasillos,
sus lámparas siempre encendidas.
Un hijo torpe, sin nombre ni ojos.
En otra parte, se parten los mundos,
los patios con sus hojas,
las hojas que la luz atraviesa,
desnudez,  impiedad, nervadura.
Se lavarán de a dos, estará oscuro.
Números en cada puerta,
ventanas con relámpagos,
nudos de nervios en láminas delgadas,
dioses flacos, venidos a menos,
incapaces de crear tan sólo un insecto.
¿Y la arena, las arenas, esta boca,
esas otras bocas, palos, cometas, dientes?
El hijo ignora, despierta, se viste.
 

 


El mundo se curva más allá
de donde da la vista:
                               ebrio,
quien eso sabe, se tumba
y duerme en un umbral.
Espalda contra espalda,
una danza de figuras quietas;
el vacío se cumple
como se cumple el lleno.
Ahí van, esposados,
por el último suelo
antes de la noche y su azar:
¿quién los oye sino el sello
del libro, el tallo enroscado
en la madera con que, otros,
apuntalan la casa que cede?
Flujo, reflujo, ¿y el perdón,
la ventura, el caracol
sobre el vidrio, el bodegón, la marina?
Comerán solos, como las plantas.
Tal vez, como ellas,  crecerán
hacia la luz, darán fruto.
 

 


Desnuda y con sudor.
Se acopla, gime, tiembla.
Ante ella, su acto,
toda memoria resulta cansancio,
otoño. El mundo todo
parece ahora una mancha
sobre un papel liso y blanco.
¿Qué hubiese dicho Mallarmé,
con qué lámpara hubiese iluminado
la porción de espacio
donde tal océano se revuelve?

Buscarás oro entre piedras - cada cosa
es útil por sí misma,
sin necesidad de otra -
|Y el viajero llega a Finisterre.

 

 


(A Óscar Wong)
 
Se encienden luces a lo lejos,
allá donde alcancé una vez
y ya no alcanzo.
                        Bailan desnudos,
borrachos, antes de la tormenta.
Yo voy en contra del viento,
que arrastra papeles y hojas
por el pavimento.
Recuerdo que tuve memoria,
una amplia plaza en Venecia
donde se oían voces de niños
que cantaban.
                     Altos tilos,
peces veloces, fugaces fiebres,
París en una mañana de invierno,
mayólicas, escayolas, terracotas.
Una rama se quiebra,
alto, sobre mi cabeza.
El ruido del viento
cubre todo otro ruido;
oscurece cuanto puede oscurecerse,
el libro se deshace,
sus páginas se desparraman,
antes de romperse,
sin nada que las sujete.
 
(Atardecer del 30 de setiembre, 2002)

 

 

 

Dolor, tajando, despedazando, poniendo en carne viva
Lo ya no vivible, ni siquiera en el recuerdo.

Blanchot. 

 
I 

Ya no partículas infinitas y diversas,
grandes, pequeñas, lisas,
rugosas, cóncavas, convexas:
apenas un continuo agrisado
por el que transitan sombras
que existen en espejo
y hablan en eco.
Ya no viajeros a Egipto
en pos de la geometría,
a la India tras los filósofos descalzos.
Se detienen en la orilla.
El mar es interminable, oscuro y compacto.
 
II
 
Sin agregados ni colisiones
invisibles, inaudibles.
                                (Papel
en blanco la razón,
tabla negra el sueño.)
Inmóviles átomos sin anzuelo.
Vela el animal, no el número.
No es intenso sino lo tenso,
que se estira un poco y se rompe.
Nada es antiguo, entonces
no se nace, se come con las manos
lo que la boca rechaza.
                                  Y quien habla
huye del conjunto,
y contra el muro del jardín desierto
la inocencia concluye
y se hace tarde.
 

                            


Encenderán fuegos, andarán
hasta olvidarse de qué están hechos,
que frágil azar los sostiene.

 


Se hizo la luz
como se hizo el polvo.
El silencio retumba
y por el agua, cuanto se desea
y se olvida y se rechaza.
Bajo la tierra, cava el minero;
su hijo, bajo el sol,
duerme y sueña
y en el sueño sangra.
Pero todo concluye
en libro, como tal neutro,
fósil.
       Quien lo escribe
se pierde como criatura,
pierde los párpados.
 


¿El gran guionista? En su escrito,
¿ mi alumbramiento? ¿ aquello,
aquél que va a matarme?
En el polvo en el aire, un pasaje
se vuelve polvo antes de significar algo.
¿Hay un secreto, una confidencia
de amante a amada, entre los bulbos?
No lo sé. Apenas sé que no comeré
el alimento reservado a quienes aún sin ojos
verán la luz del día.
                             ¿Qué es mío,
entonces? ¿Qué será mío
en esta franja extendida de horror a piedad?
Un rostro desconocido
se lanza contra el mío. Y
lo que una tarde sepulté
no deja de ser hija, y lágrima, y humana.
 




(Rávena)
 
Cuando no se lo espera, gira el viento.
Contra los viejos muros,
los viejos mosaicos.
                              El viento.
Atardece seco en la memoria.
Anochece en la camisa del débil
que lleva mi nombre
y sabe que jamás llegará a Oriente.
Alguna vez infancia, hollín,
creosota, sábanas.
                           Un temblor
de agua en el agua.
Y alguien que corría
porque ya era la hora.
Porque algo, abismal, invisible,
lo llamaba.

 

(A Miguel Ocampo)

Tal vez mañana deje de tener sentido
la poesía. Será entonces
todo semejanza,  tendremos
los ojos abiertos, respiraremos.
Un papel de fino cobre flotará en el agua
y ya no será sombra la de la carne
a la luz del mediodía.
Crujirá una madera y se diseminará el eco
hasta más allá de nombre y peso.
¿Será el final? ¿Y el alumbre,
la geometría, el jugo de las frutas,
la fosforescencia de los peces en el abismo,
el número de oro de tu muslo,
el tiempo?