Guerra SÍ, pero contra Estados Unidos
  

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os valles aún están poblados de minas. Los brazos cortados no han vuelto a crecer. El hijo no da señales de vida. La economía no se recupera. Toda herida es siempre fresca. Caminamos sobre una cuerda al borde de la miseria, de la indigencia. La psicosis sigue presente, nos despierta a mitad de la madrugada sobre el fango entre los montes, con miedo, con la pierna paralizada hasta que volvemos a dormir el sueño de los inocentes. Sumidos en una depresión alcohólica fingiendo que nada pasa. El pueblo de Nicaragua conoce muy bien las secuelas de la guerra. Sus efectos a largo plazo.

 La guerra de agresión librada por Estados Unidos contra el pequeño pueblo de Nicaragua durante la década de la revolución sandinista en los años 80, dejó perdidas cuantiosas en vidas humanas, en la economía, en el medio ambiente, en la cultura política, en la sociedad y sobre todo en las personas.

             “Hipótesis Humanitarias Probables”, un reciente informe de 12 páginas sobre cálculos de los planificadores de la ONU, tomado por el Comité Central Menonita, y que incluye cálculos de las agencias de Naciones Unidas, como la Organización Mundial de la Salud y el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados; indica que una guerra contra Irak produciría lesiones a más de medio millón de iraquíes, se paralizaría la producción petrolera, y dejaría casi un millón de refugiados. Se dañarían severamente sistemas de transporte y electricidad. También se afectaría el suministro de agua, lo que provocaría un ambiente favorable para la emergencia de enfermedades como el cólera y la disentería. Las sanciones económicas impuestas a Irak por invadir Kuwait en 1990 ya agotaron reservas y han ocasionado la depen! dencia total de muchos iraquíes con respecto al gobierno. La satisfacción de las necesidades más básicas depende de las raciones de bienes proporcionadas por el Estado.

             Por su parte, el informe titulado “El impacto de una nueva guerra en la niñez iraquí” preparado por diez expertos del International Study Team, un grupo independiente de académicos, investigadores, físicos y sicólogos infantiles, entre europeos y estadounidenses,  fundado en 1991 con el objetivo de examinar los efectos de conflictos bélicos en la población civil; indica que, por lo menos 500 mil niños iraquíes están desnutridos y el gobierno iraquí no tiene suministro de alimentos para más de un mes y medicinas para tres meses en los hospitales centrales. 13 millones de niños en Irak corren riesgo de hambruna, enfermedades, muerte y trauma psicológico.  

Sabemos que ningún cálculo reflejará la realidad. Por eso y ante las continuas declaraciones persecutorias y angustiosas del presidente de los Estados Unidos, sobre el inminente ataque a Irak para la supuesta destrucción de armamento de destrucción masiva en manos de este país de oriente, cabe hacer la siguiente reflexión: ¿Cuánto tiempo se necesita para reponerse de una guerra, es decir, para olvidar y superar lo sufrido? En el caso de quienes queden vivos, claro.  

La política exterior de los Estados Unidos no ha cambiado casi en nada y pareciera que asistimos a los mismos eventos de los años 80 e incluso antes. La persecución obsesiva del gobierno, que no el pueblo, de Estados Unidos, y su afán guerrerista, da cuenta de una política exterior “imperialista”, aunque este término haya sido gastado en épocas pasadas; una política exterior contaminada de prejuicios raciales, como lo indicara Nelson Mandela al referirse a la incidencia que pueda tener Kofi Anan, el secretario negro de la ONU originario de Ghana, en las decisiones de los países que promueven una guerra contra Irak. 

            La sinceridad de las intenciones manifestadas por el presidente Bush y su gobierno quedan en cuestión cuando pensamos que, si al gobierno de Estados Unidos  le preocupa la situación de la humanidad, ¿porqué así mismo no libera al pueblo cubano del yugo castrista, dado que la isla está más cerca y no posee el poderío armamentista para hacer frente a una invasión estadounidense? 

Entonces parece cierto que lo que verdaderamente importa en esta guerra es el “oro negro”, es decir el poder. No las personas. Por eso no es extraño que muchas personas sintamos que ESTA NO ES NUESTRA GUERRA. Aunque sus efectos los padezcamos todos. 

            Ya que las desgracias de unos son las oportunidades de otros, alrededor del mundo vuelven a surgir y a ponerse de moda diversos grupos y movimientos por la paz y en contra de la guerra, y es casi seguro que ya se estarán preparando y planeando variadas formas de sobre vivencia a costa de la guerra y sus efectos en las víctimas. 

No podemos perder de vista que por el momento a quien hay que desarmar, al menos ideológicamente, es a Estados Unidos. Los dueños de la palabra, unos pocos en el mundo, debemos seguir acudiendo al registro, seguir trayendo a  la memoria aquello que esté más vivo. En este sentido, las mujeres tienen aún un gran reto, no han logrado que el diálogo global las incluya, son hombres quienes están y siguen decidiendo el rumbo del mundo, la historia de la humanidad.  

Mientras tanto, después de escuchar historias sobre tácticas usadas por Saddam Hussein y reportes de problemas de fertilidad en algunos veteranos de la Guerra del Golfo, soldados estadounidenses corren a bancos de esperma para salvaguardar sus preciados fluidos. Quizás después de todo la esterilidad de quienes hacen apología de la guerra no sea tan mala idea. 

Por Héctor Avellán
hectoravellan@hotmail.com
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