SEGUNDA VISION

 

El ocho de Junio fuí al lugar de las apariciones esperando ver a la Señora porque ella me había dicho que llegara. Llegue y recé el Rosario con algunas personas, pero la Señora no vino. Me regresé desconsolado.

En la noche en suenos se presento. Era como de dia. Yo estaba en el lugar donde la vi por primera vez. Rece el rosario. Al terminar vi de nuevo los dos relampagos y ella se presento. En el sueno, yo le dije: "Que queres, madre mia?" Ella me dio el mensaje como lo hizo la primera vez, y despues yo le dije algunas recomendaciones que tenía. Porque ya la gente me encargaba cosas para decirle a Ella. Me contestó diciendo:

 "Unas se van a realizar, otras no".

Y yo me quede sin saber cuáles se realizarían y cuáles no. Las peticiones que la gente de Cuapa me hacía eran variadas: unos pedían cosas más bien materiales como "tener suerte en el trabajo", "que yo gane más dinero", "que me cure de tal enfermedad", "tal otro problema..."; otros pedían algo espiritual como "tener paciencia", "amor a Dios", "fe", "perseverancia en la oración", "poder amar al que no me quiere y hace daño a los míos". Así yo no pude decir a la gente cuáles se cumplirían y cuáles no.

 La Señora se presentó sobre el arbolito de Morisco como la primera vez. Estaba de cara al oriente. A la izquierda de Ella, junto al montón de piedras donde crecía el arbolito, dos cedros. Hoy uno ya no existe porque la gente se ha ido llevando el tronco poco a poco; el otro está también desapareciendo; así los cedros ya no son cedros; pelados, sin corteza, están secos. Sólo la parte del tronco unida a la raíz. Del arbolito de Morisco no queda nada; desapareció totalmente. A la derecha de Ella, pero un poco más distante, hay cuatro palmeras de coyoles. Entre la primera y la segunda, viniendo del río, hay un espacio mayor; ella, alzando la mano derecha me señaló ese espacio y dijo:

"Mira el cielo".

 Yo miré en esa dirección. El jícaro que está enfrente,

entre las dos palmeras, no me impedía ver porque tiene pocas

ramas y es bajo. Ella presentó como una película en ese espacio

que digo. Miré un gran grupo de personas que vestidas de blanco caminaban hacia donde sale el sol. Iban bañadas de claridad y alegres, cantaban. Los oía pero no entendía las palabras. Era una fiesta celestial. Era una alegria…un gozo… que jamas habia visto. Ni en una procesion habia yo visto eso. Los cuerpos despedian luz. Yo me sentia transportado. Ni yo mismo lo puedo explicar…en medio de mi admiracion oi que ella me decia:

"Mira. Estas son las primeras comunidades cuando empezo el cristianismo. Son los primeros catecúmenos. Muchos de ellos mártires. ¿Quieren ustedes ser mártires? ¿Te gustaría a vos ser mártir?

En ese momento yo no sabía bien qué significaba ser martir

-ahora sé, porque lo he preguntado, que es el que confiesa públicamente a Jesucristo, el que es testigo de El dando incluso la vida- pero, contesté que sí. Después ví otro grupo, vestidos también de blanco con Rosarios luminosos en las manos. Las cuentas eran blanquisimas y echaban luces de colores. Uno de ellos traía un libro abierto. Leía y después de escuchar meditaban callados. Se les veía como en oración. Después de este rato de oración en silencio, rezaban el Padre Nuestro y diez Ave María. Yo rezaba con ellos. Al terminar el Rosario, la Señora me dijo: "Estos son los primeros a quienes yo les di el Rosario. Así quiero que recen ustedes el Rosario'.

Yo le conteste a la Señora que sí. Algunas personas me han dicho que posiblemente se trata de los Dominicos.Yo no conozco esta orden religiosa. Hasta la fecha no he visto uno de esa orden.

Después, vi un tercer grupo, todos vestidos de color café Pero éstos, yo conocí que parecían Franciscanos. Si lo mismo: con Rosarios y rezaban. Cuando ellos iban después de haber rezado, me dijo de nuevo la Señora:

"Estos recibieron el Rosario de manos de los primeros".

Después venía un cuarto grupo. Era una gran procesión pero, ya venían como nosotros vamos vestidos. Era un grupo numeroso que no se podría contar. En las anteriores vi muchos hombres y mujeres, pero ahora era como un ejercito de grande, y traían rosarios en las manos. Iban vestidos normalmente, de todo color. Yo me alegre mucho al verlos. Uno cuando esta vestido diferente de otras personas, se siente como raro…al ver a los primeros no me sentí tan atraído por eso…los admiraba pero no me sentía atraído por la diferencia que había en el vestir. Los admiraba, pero no me sentí en medio de ellos, como al ver el último grupo. Sentí de pronto que podía entrar en ese número porque estaban vestidos igual que yo. Pero... me miré las manos y las ví negras; ellos, en cambio, como los anteriores, despedían luz. Los cuerpos eran bellísimos. Entonces dije: 'Señora, con éstos me voy porque están vestidos igual que yo". Ella me dijo:

"No. Todavía te falta. Tenes que decir a la gente lo que has visto y oído".

Y añadió:

"Te he mostrado la gloria del Señor y ésto van a adquirir ustedes si obedecen al Señor, la palabra del Señor-, si ustedes perseveran en el rezo del Santo Rosario y ponen en práctica la palabra del Señor".

Después de decirme esto la visión de la gloria del Señor desapareció y la nube que la sostenía la iba elevando al cielo y ella, con las manos arriba y la vista también hacia el cielo, parecía, como digo, la imagen de la Asunción. Y así, como que la nube la iba levantando, desapareció.

Yo tenía vedado del Padre contar lo que veía y oía, sólo podía decírselo a él. Tomé el autobús temprano en la mañana del 9 de junio y se lo platiqué al sacerdote. Yo creí que cuando le dijera a él, ya me daría enseguida permiso para que lo contara. No fue así. Cuando vi que no me decía "dile a la gente", entonces yo le pedí el permiso y me dijo que no; que lo guardara en secreto. Entonces empecé a sentir un peso horrible que no podía resistir yo oía una voz que me decía que lo dijera. Empecé a sufrir como antes. Pero preferí obedecer al sacerdote y no lo dije hasta que me dió el permiso. Este fue dado el 24 de junio que es la fiesta patronal de Cuapa, para que lo dijera solo a los del poblado. Ese dia la iglesia estaba llena de gente y yo salí a su encuentro para pedirle permiso. Dos veces me dijo el Padre que no y en la tercera aceptó que lo díjera.