a) CUENTOS
b) NOVELAS
(Capítulos VII y XXV)
CUENTOS
Róger Mendieta
Alfaro
A Emilio Solís.
-Mujer.
-¿Sí, Juan? -Margina arrugó el entrecejo y bostezó recordando la artritis que a medida que el tiempo pasaba se inmiscuía más en su vida. Eran las seis de la tarde y ya estaba oscureciendo.
-¡Qué cosas! -prosiguió, acomodándose el aro de carey de las gafas culo de botella-, ayer te hablaba de Saúl Lacayo, y hoy viene esta invitación.
-Creí que el tonto ese de Saúl ya había muerto -dijo la mujer. Y preguntó-: ¿Invitación a qué?
-¡A que no lo imaginas! -caminó hacia el baño, carraspeó,lanzó el escupitajo en la garganta del inodoro, se quitó los lentes y los aclaró usando el vaho de la boca y el remedo de pañuelo que llevaba metido en la bolsa de la camisa.Se dejó caer sobre el viejo sofá de cuero, que había llegado de la sala al aposento en su última crisis asmática, y se puso a leer el diario. Pero no leyó nada a la espera de la respuesta.
-No, no tengo la menor idea de nada -refunfuñó con tono de vieja, atareada en meterse las medias prescritas por el cirujano para mantener las várices en su sitio-. No debe ser algo que valga la pena, chirrió la mesa de noche al empujón que dio con el fundillo varicoso y prominente.
-Perdiste la dulzura de tu carácter y vas camino de perder la imaginación -se quejó Juan, examinando la invitación con cierto placer, bajo la candorosa vehemencia del inesperado encuentro.
-No me arruinés. La que soy yo no he perdido nada. Vos sos quien ha perdido todo -la observó de reojo en la portañuela. Y mordiéndose los labios siguió de espaldas, halándose la otra media en una rabiosa pelea a la altura de la rodilla.
Con cierta tristeza rememoró a su mujer en los días de luna de miel. "¡Qué hermoso cuerpo tenía! ¡Qué trasero y que tetas!", se sonrojó. Con lo que le dejaba la arterioesclerosis para recordar, pocas hembras en la edad de la florescencia, habían sido tan buenas como la suya. A pesar de esas costumbres de la época, y las consabidas restricciones de aquella sociedad puritana, cerrada a los avance del tiempo, Margina jugaba al béisbol, conducía el coche, montaba a caballo y vestía pantalones de muchacho para andar en bicicleta. "¡Fue tan libre como el viento, y aún con todo lo que murmuraron las que vestían y desvestían santos en la casa cural, cuando la llevó a la cama la encontró tan pura y virginal como su madre la trajo al mundo! Pero el tiempo no perdona. ¡Y qué pobre espectáculo era ahora con las nalgas colgándole, apelotonadas tras los elásticos de las pantaletas!", pensó.
-¿Cuántos años hace que nos casamos? -preguntó a su mujer con
fingida voz de enamorado.
-Ya hace bastante. ¡Sólo chocheras sos vos! -dijo sonriente, bajo sonrojos de coquetería. Y después de ganar la batalla a las medias, se dejó caer sobre el borde de la cama con olímpico orgullo de triunfadora, agobiada pero satisfecha.
-Es que pensaba en la fiesta -dijo socarronamente.
-¿Y no pensaste en que los años no pasan en balde? -dijo Margina. -Así es. No pasan por pasar -caminó tosiendo. Carraspeó con gran esfuerzo y volvió a escupir en el inodoro.
-No has tomado tu jarabe -dijo la mujer.
-No quiero encharcarme el estómago. Quiero estar listo para la fiesta -sonrió y le chispearon los ojos de ansiedad.
-Llamó el compadre Ramón. Ha estado llamando todo el mundo -dijo mientras salió al corredor en buscar de los canarios.
-Ayer que andabas en el Santísimo recibí el telefonema de Chico Salitre -dijo Juan.
-No sé a quién te refieres. No le recuerdo.
-Al enano aquél que se orinó el día de la promoción en el trofeo de plata y marfil que míster Henckel tenía en el escritorio.
-Ahora sí -dijo, con maliciosa sonrisa. Y entró al baño, gozosa, recordando la cómica reacción rabiosa de míster Henckel, cuando por solidaridad con Chico Salitre abandonaron la fiesta.
-¿Y para qué te quería?
-Me pidió nombres completos y dirección del grupo. Le sugerí que buscara la Memoria del Colegio. Y claro, con la ayuda de Chico se me vino a la mente La Rana, Juan Chiquito, El Cabezón, Ensalada de Frutas...
-¿Y a vos qué te dijo el compadre?
-Como siempre. Nada. El compadre siempre con chistes y babosadas -sonrió Margina, alisándose el gris y despeinado cabello, mientras ensayaba ante el espejo los supuestos peinados que debería lucir en la fiesta-. Preguntó si estábamos preparados para el gran despelote del sesenta aniversario del bachillerato.
-¿Y qué le contestaste?
-Para picarle la envidia, dije que estabas listo, que tenías hasta el traje drayclineado -se escapó de ahogar Margina, en medio de un ataque de risa.
-Tomá un poco de agua, mujer -le gritó, casi rompiéndole los tímpanos, con lo que él llamaba el grito psicológico para hacerla volver en sí.
-Me vas a dejar sorda, salvaje -quedó lívida e insegura arreglándose el cabello frente al espejo, que al momento del espasmo le pareció un torbellino girando cual trompo en el fondo de sus pupilas.
-¿Y qué más dijo el compadre?
-¡Hombre, déjame serenarme!
-Ya estás serena. ¿Qué más dijo?
-Sólo tonteras.Y me puse a pensar que es un gran problema llegar a viejo, y no tener algo entretenido con lo que matar el tiempo.
-¡Ajá! ¿Pero qué te dijo?
-Que con lo del aniversario le urgía hablar contigo, porque había encontrado una receta que lo hacía sentirse más feroz que los leones del circo Dúmbar que se almorzaron al domador.
-¡Sólo es babosadas el compadre!
-Es lo que digo yo. Pero a lo mejor está en lo cierto -sonrió la mujer con gesto de picardía.
-Debe ser buena receta, o se volvió loco el compadre.
-Que león ni que nada -soltó Margina la carcajada-, si la comadre cuchicheaba en el círculo de amigas, que lo que era el compadre no había pasado los cincuenta y ya se le quedaba dormido.
-¡Ah,comadre, comadre! ¡Qué cuando muera, Dios mande su lengua difunta al infierno de las lenguas largas! -estornudó. Las gafas salieron volando, pero él las cazó en el aire.
-Todavía sos un gato -sonrió Margina.
-Gato no; un león -aclaró con orgullo, haciéndose ilusiones con la receta del compadre.
-Dios te oiga -dijo Margina y salió moviendo el refajado trasero
con dirección al canario. Esto hizo sonreír a Juan, recordando escozores de los días de la bicicleta.
-Celebrar el Sesenta Aniversario de Graduación no deja de ser una odisea -dijo con la invitación entre las manos, al volver su mujer con el canario saltando de uno a otro extremo en la jaula.
-Celebración de viejos va a ser ésa -dijo Margina con sarcasmo.
-Tal vez. No la veo así. Celebrar los sesenta años de bachiller no es para cualquiera.¡Todavía no hay una sola promoción Lasallana que lo haya hecho! Se necesitan agallas para llegar tan lejos.
Margina se dejó caer en el sofá y dijo llena de mal humor:
-Agallas se requieren para esto -protestó contra el elástico tubular que se le volvía un problema en la parte superior del muslo de la entrepierna, en donde se corrían los hilos. Y agregó-: ¿Y cuántos eran ustedes?
-Creo que sesenta.
-¿Y quiénes viven todavía?
-No tengo la menor idea. Tal vez quince o veinte. Hoy por hoy, sé de Julio, Payayo, Chico, José, Ronald, Humberto, Jaime,Saúl y los que mencioné antes. No recuerdo más. De todas maneras nos veremos las caras el domingo en el edificio del Colegio.
-¿Cuál colegio?
-El mismo.
-Después de la guerra y el abandono, eso quedó hecho papilla.
-Lo haremos bajo los escombros. Vamos a resucitarlo.
-¡Están locos! ¿Por qué no alquilar un cine?
-Porque allí es mejor. Por solidaridad proverbial no queremos otro sitio. Recuerda, Margina, que esas ruinas somos nosotros,es el país. Queremos darles vida, por romanticismo de camaradas, aunque sea sólo por esta noche.
-No había pensado tal cosa.
-No sé más que esto y estoy de acuerdo con los otros. Mandé mi contribución. Saúl y Luis están encargados de la operación montaje.
-Ojalá tengan éxito.
-La promoción del hermano Bala Perdida siempre tuvo éxitos -encendió un cigarrillo y releyó la invitación.
-La que soy yo te dejo -dijo Margina, bostezando-. Voy a ver el último capítulo de mi telenovela El Amor comienza a los setenta.
-Yo me quedaré dándole vuelta a esto del aniversario.
-No te hagás ilusiones. Como te repito: esa será una celebración de reumáticos.
-Estás hablando babosadas -se irritó Juan-. Ya olvidaste cómo se llama tu telenovela.
-Eso es en la telenovela -dijo, y desapareció tras el consabido golpazo en la puerta del dormitorio.
Cuando terminó de ver la alucinante historieta sexual, Margina quedó balanceándose en la mecedora, lucubrando sobre la fiesta, y el tiempo llegó en oleadas. Ahí estaba Emilio, su primera aventura amorosa, y amigo íntimo de Juan. Para esos días se saltaba la cerca de la casa de Isabel, para besuquearse y tocarse bajo el ciprés del jardín, o el fondo del establo, en la caseta del ordeño. "Juan no era ningún santo", pensó. Y Emilio parecía un mono, con vellos hasta en los talones, cuerpo de luchador y brazos de orangután, capaz de resquebrajar cualquier cosa. "Pero a mí me encantaba el hombre. Cuando estaba en sus brazos, me sentía indefensa como una perdiz. No sé cómo pude poner los ojos en Juan", se preguntó. Y quedó dándole vueltas al pasado adolescente y frugal de los días de estudiante. Juegos plenos de picardía con paseos al campo, citas furtivas en casa de las amigas y estimulantes aventuras de baile en fiestas de cumpleaños, en las que se tenía la ocasión de hacer tiritar el sexo con encendida inocencia.
-¿Juan?
-Sí, mujer.
-¿Sabes una cosa? Parece interesante echar un vistazo al pasado.
-Creo que sí. Imagínate viendo a la camada del colegio: Fernando, Juan Chiquito, El Cabezón, Emilio.
-A vos te gustaba ese hombre.
-No es cierto -sonrió-. Era simpático. Pero, sólo me caía bien.
-Te gustaba -insistió Juan-. Por poco te casas con el gorila ése.
-Viéndolo bien vamos a pasar de lo lindo -dijo Margina.
-Debe ser. Ahora tengo sueño -vio el reloj-. Bueno, ya es hora de dormir. Seguiremos hablando mañana.
Y se fue a la cama pero no pudo dormir. A la velocidad de la luz, revivió la semi empolvada película del colegio, plena de cuentos, triunfos, frustraciones, y la memoria en donde tan de buen parecer estaban los rostros del grupo. Pensó que en algún sitio tendría la fotografía oficial que editó La Salle. Recordó al bárbaro de Chico Chato que le puso el tintero en el culo al profesor de Cívica. Y no pegaba los ojos dándole vuelta a otros. Yeng, La Rana, Ensalada de Frutas, Tuerto García. Apenas podía recordar a veintidós. En la amplia barca de la cama conyugal sintió moverse a Margina.
-¿Estás despierta todavía?
-No he dormido una gota.
-¿Por qué?
-Estoy como vos, pensando en la fiesta.
-Dormí. Ya es de madrugada.
-Voy a seguir tanteando. A mala hora te pusiste a hablar de fiesta.
-Acordate que pasado mañana es la cosa.
-Ya lo sé. Dormite.
-Algunos no llegarán.
-Eso es obvio. Después de los sesenta años nos puede pasar cualquier cosa. Por ejemplo, Garabato Pastora. Anteayer hablé con su hermana, la Chelita, que ahora más bien parece como la abuelita pintarrajeada de Caperucita Roja. Me contó que dentro de ocho días habrá misa de año por el alma de Garabato en la iglesia de San Agustín.
-Garabato no tenía alma.
-Hace el favor de respetar a los difuntos.
-Para mí fue sorpresa. Me di cuenta de que Garabato se exilió, pero no sabía que hubiera muerto en un accidente de tránsito.
-Nadie lo supo.
"La guerra y la desinformación", pensé.
-Bueno. A nadie le interesaban las muertes en las camas. En los días de la guerra morirse era fácil. Una muerte accidental no era noticia.
-Lo mismo pasó con Fabio Solís.
-¿Cuál Fabio Solís?
-El pecoso aquel que le decían Pata de Breque, que se las daba de Juan Legido, el cantante de los Churumbeles.
-¡Qué memoria la tuya!
-Lo asesinaron al salir de un cine en Miami, cuando dio raid a una puta callejera que resultó ser trasvesti.
-¡Qué terrible es morirse! Con el tiempo de los muertos sólo se recuerdan las cosas feas -dijo Margina.
-Vi la foto en el Herald.
-Bueno mujer, ya tengo sueño.
-Allá vos. Dormite. Pero antes que lo olvide, a propósito de fotografía, ya que tenés la de graduación, deberías sacar un buen póster para el día de la fiesta.
-Es buena idea.Pero déjame dormir. ¡Dormite ya, pero no ronqués!
-No me arruinés. Yo nunca ronco -protestó la mujer y dando un giro sobre el costado derecho quedó dando las nalgas al marido.
-Bueno, al fin estamos aquí -dijo Margina el día de la fiesta, hurgando con la mirada los recovecos del edificio. Allí estaba el largo corredor transformado en auditorio, decoradas las columnas con cortinas blancas de encaje, semejantes a las de una iglesia de aldea, revestida y liberada de la miseria espiritual del abandono.
Al lado, en lo que fue el campo de fútbol, dispersas decenas de casuchas de cartón y desperdicios de zinc, habitadas por indigentes y desmovilizados de guerra, que llegaban huyendo de la violencia guerrillera de la montaña a paliar el hambre en la ciudad.
-Hemos hecho lo que pudimos -trató de justificar Chico Salitre-.A como estaba el edificio parecía el enfermo terminal de un hospital de caridad, con aspecto cetrínicamente arcilloso, desgajándose las paredes, y los ángulos de sus esquinas con olor a excrementos y a orines. Era como para llorar sobre las ruinas -lamentó-. Pero lo dejamos decente...
-Mi esposa -presentó a Margina.
-¡Ah, sí! Trataba de reconocerte. Eres la misma. El tiempo no pasa por ti.
-Exageras -dijo halagada por la diferencia en la comparación que había hecho al vuelo con su amiga. ¡No cabía duda de que algo había acontecido a la esposa de su marido!
-Nosotros te vemos bien, ¿no es cierto, Margina?
-Bueno. No
NOVELAS
Erick Aguirre
En tanto, con prosa clara y concisa, impregnada de ocasionales arrebatos líricos que junto a la amenidad del relato hacen oportuno contrapunto a la abundante información histórica y a la constante pormenorización de las costumbres de la época, Doña Damiana recrea las intrigas políticas y familiares nicaragüenses, también en plena época del nacimiento de nuestra república; aunque haciendo mayor énfasis durante su despliegue narrativo, en retratar con mayor profundidad la psicología de sus principales personajes, para lo cual, ocasionalmente hace uso del relativamente moderno recurso del monólogo interior. La trama gira alrededor de las pugnas entre Cerda y Argüello, y desde el primer capítulo el narrador entreteje los recuerdos de doña Pepa Montiel (hija del capitán Avelino Montiel, muerto en la batalla del Mesón de Rivas), con los de su abuela, doña Damiana Palacios, "La Panameña" o "La Vengadora", mujer de peculiar belleza y recio carácter, cuya figura se yergue como una larga sombra sobre la totalidad del relato.
Desde el comienzo hasta el final de la obra, el autor omnisciente hace uso del también relativamente moderno recurso de la mutación temporal, alternando intermitentemente los recuerdos de nieta y abuela, y nos los muestra desde su perspectiva distante de narrador no-personaje, con el recurso clásico del uso de la tercera persona gramatical. A la postre, el relato viene a pormenorizar literariamente las intrigas familiares y políticas del periodo inmediato a nuestro nacimiento como supuesta nación independiente, y las rencillas y aparentes diferencias ideológicas entre ambos personajes, que dieron paso a la conformación de las llamadas paralelas históricas ("serviles" y "cabezas calientes", "timbucos" y "calandracas", "cachurecos" y "colorados", "granadinos" y "leoneses", "conservadores" y "liberales"), y el sucesivo desencadenamiento de guerras e intervenciones que han plagado nuestra historia política.
En realidad, en medio de la vieja rencilla entre el escolástico y puritano de la Cerda, y el astuto y ambicioso Juan Argüello, simplemente se despliega el "marco humano" o el mero escenario en el que se inicia el desarrollo del proceso de conformación nacional, cuyas herramientas ideológicas se fundamentaron -sin ratificarse en realidad plenamente-- en las ideas de la Ilustración provenientes de Europa y en el independentismo de los Estados Unidos. El brusco desplazamiento del poder de Manuel Antonio de la Cerda, así como el rechazo, tanto del pueblo pobre como de ciertas capas sociales burguesas hacia su extremo puritanismo y a su empecinada dependencia espiritual y política del ideario escolástico y de la Iglesia Católica; fueron el preámbulo perfecto para que sus adversarios lograran una reforma seudo-liberal que les permitió la instauración de un nuevo orden nacional apropiado a sus intereses. La reforma estaba inspirada en una especie de eclecticismo político plagado de fragmentos desordenados de postulados filosóficos modernos tomados de Europa, acordes con las demandas de una nueva capa social en ascendencia, en cuyo interés actuaban y se enfrentaban, tanto las masas empobrecidas de campesinos, como los doctos ilustrados de las altas clases.
La belleza, inteligencia y sagacidad de doña Damiana Palacios, así como su dramático fin (ciega y enloquecida por los acontecimientos que concluyeron con la dolorosa separación de su hija), constituyen una fábula histórico-social interesante, que arroja cierta tenue luz sobre un periodo importante en nuestra historia política: finales del dieciocho y comienzos del diecinueve. Desde esa época el devenir político de Nicaragua ha oscilado entre el abismo del desgobierno y el del desorden público, es decir, entre la demagogia y la dictadura, entre el mundo imaginario de las leyes y el de la realidad. Víctima del desasosiego histórico que causa el atraso económico, la injusticia social y la fragmentación de nuestra vida política, la literatura nicaragüense, y en especial su narrativa, está obligada a ejercer una función crítica y autocrítica de la historia. La temática constante de la narrativa histórica nicaragüense, dentro de la cual puede inscribirse Doña Damiana, confirma la necesidad de reinventar o reescribir constantemente nuestro pasado para evitar que se petrifique en el presente. Para que nuestros problemas político-sociales más antiguos, paradójicamente siempre permanentes, encuentren por fin solución.
Una frase memorable atribuida por el autor a de la Cerda, es la siguiente: "En este país, maldito desde que asesinaron al obispo Valdivieso, va a correr mucha sangre, pero dentro de doscientos años todavía se van a estar casando los Argüello con las Sacasa y los Lacayo con las Chamorro" (Alvarado: P. ). Pues bien, casi han pasado esos doscientos años y en efecto, mucha sangre ha corrido. También las Sacasas se siguen casando con los Argüello y las Chamorro con los Lacayo. Pero los clanes también se han expandido y por supuesto, también se han reformado, se han adaptado a los tiempos y a los avatares de las más recientes guerras civiles, a la tropicalización de otras ideologías importadas. Y de acuerdo a como marchan las cosas, otros nombres y apellidos figuran, o figurarán, en este baile de máscaras de la historia socio-política nicaragüense.
Esa es la herencia histórica que se nos descubre releyendo la historia de los orígenes de nuestra "república" en estas dos novelas, tan distantes y cercanas entre sí, hasta el punto que, una cita de Gámez, por ejemplo, puede llegar a confundirse, fuera del contexto bibliográfico, con cualquier párrafo arquetípico de la novela de Alvarado.
"Nicaragua entregada a la anarquía más completa, continuaba despedazándose, encabezada la guerra por Ordóñez y Sacasa, disputadores, no ya de ideas, puesto que el Imperio había concluido, sino del mando, de ese ambicionado mando que tantas ruinas y sangre nos ha costado". (Gámez: P.67)
Róger Mendieta
Alfaro
VII
La hora de las ratas
El día en que la escuela pública general Satanasio Somoza, de Granada, abrió las puertas, para el ciclo escolar de 1981, su an-terior director estaba encarcelado por contrarrevolucionario, acusado de maestro traidor y vendepatria. Según informe del jefe de los COOR, envenenaba las mentes de los estudiantes, con mentirosos relatos históricos en contra el héroe nacional general Sandino. La denuncia tuvo su origen en un avispado patriota que con gran gozo abrazó la causa del FRP, aunque antes había sido furibundo militante del Nacionalismo Radical. Su previsora alma de camaleón le había dotado de suficientes alas para saltar, desde el maldito solar de Satanasio Somoza, al acrisolado y bendecido patio de la Revolución, en donde andaban las cosas de maravilla. En menos de lo que canta un gallo se presentó en los barrios convulsionados, para coordinar la delicada función represiva de los COOR.
Funcionó con nítida eficiencia bajo sentimientos de premura y espíritu de Revolución. Puso en la cárcel centenares, mientras los más veloces escapaban para el exilio. Instaló su cuartel de mando en el barrio del Cerotal, en la vivienda confiscada a un enemigo político. El nuevo inquilino pensó quedarse con ésta. Y fue encargado más tarde, de asignar tarjetas que daban acceso a la cuota del racionamiento.
La Escuela general Satanasio Somoza que amaneció con el nuevo nombre de Niños Mártires de la Revolución, en memoria de la criatura que había muerto al nacer, -hijo de la única hija del jefe de los COOR-, lucía flamante, adornada con leyendas alusivas y banderas rojinegras que ratificaban el glorioso triunfo del pueblo y la ansiada primera visita del presidente Calderón.
Los alrededores estaban repletos de tímidas amas de casa, con vestidos rojinegros e indiferentes niños famélicos, de pie o en cuclillas, atiborrados de calor, y portando banderolas de la Revolución. En una esquina del patio levantaron el estrado, y en el centro del mismo, colocaron seis silletas al lado de un butacón de mimbre con la enorme bandera del FRP, en la parte posterior.
Clodomiro Barbero, el nuevo director del centro escolar, se sintió frustrado, pues en lugar del presidente Calderón, llegó a re-presentarlo el Jefe de las Milicias. El director de Niños Mártires de la Revolución, como su padre Pascual Barbero, tenía elaborada su propia lista de burgueses indeseables para informar al presidente. Iba llena de nombres, juicios y recomendaciones para establecer el estratégico control de los servidores del magisterio. Después de asumir el cargo, había asistido a talleres preparatorios del ministro Benigno Santos, y cual brillante docente los aprendió de memoria. Todo lo hacía al pie de la letra, como ordenaba el jefe regional del FRP. Su condición de converso, no dejó pie para nada que pudiese inspirar sospecha. Había sido duro en los tiempos de Somoza, con el atenuante para los conductores de la Revolución, que de-bería ser doblemente duro contra sus ex-camaradas para dar fe de sí mismo. Todo un experto en metodología de la praxis pedagógica marxista revolucionaria para formación de los Niños Sandinistas, que dicta normas y hace énfasis en las matemáticas revolucionarias y los fundamentos de la historia patria, que comenzó a escribirse con el triunfo del FRP: "Dos rifles más cinco rifles son siete rifles"... "dos tanques más tres tanques, suman cinco tanques"... "el General Augusto Sandino es nuestro único héroe nacional y no existe ninguno otro"... "el general Augusto Sandino, al mando de un puñado de hombres, expulsó al yanqui, enemigo de la humanidad"...
De su visita a Granada,Cero recordaba la aleccionadora experiencia de la confiscación del Jabón Familiar. Al preguntarle al coman-dante Moscuán sobre las razones que tenía la Revolución para con-fiscar a la familia Praga, éste contestó:
-Son contrarrevolucionarios.
Eliseo Pinzón en sus días de estudiante había vivido en la casa de don Daniel Praga, y sus ojos fueron testigos del trabajo de los Praga.
-¡Contrarrevolucionarios! ¿Por qué?
-¡Porque así lo entiende la Revolución!
-¿Cuál Revolución?
-¡Esta! ¿La suya y la mía, compañero, Cero! Jabón Familiar formaba parte del patrimonio de la burguesía. ¿Le dice eso algo?
-En la década de los cuarenta viví en casa de la familia de don Daniel Praga. En esos años, artesanalmente y con sus propias manos, la familia Praga comenzó a fabricar el Jabón Familiar. Colocaban los peroles sobre un fogón, en el fondo del patio; echaban el cebo, y agregaban los químicos. Allí estaban los Praga trabajando juntos. Removían la masa hirviente con grandes paletas de madera que luego chorreaban en moldes hasta que se endurecía y quedaba listo el Jabón Familiar para ponerle a la venta. La familia Praga está produciendo, compañero. Entonces, ¿por qué se confisca a la familia Praga?
-Por eso que usted dice, compañero, porque está produciendo -dijo Moscuán.
La respuesta lo dejó helado.
Cuando regresó a casa contó a María Sartén este diálogo con Moscuán, quien era responsable de la producción nacional. Fue cuando dijo a María:
-¡Mujer! ¡Nos vamos de la Revolución!
-¡Estás loco...!
-¡Es posible, pero nos vamos!
-¡Pero...!
-¿Lo que oyes? ¡Nos vamos! ¡Así cómo marcha esto, la Revolución se acabó! ¡No le doy mucho tiempo para que se vaya al diablo!
En la mente comenzó a liar maletas. Reflexionó sobre cosas que la Revolución había dejado atrás. Denuncias contra la familia. Padres en las cárceles e hijos procuradores en los tribunales del pueblo. Resquebrajamiento de los valores tradicionales inducido por el cuerpo extraño de un fanatismo sin límites.
"¡El pueblo tiene que ser llevado a mecate corto", era norma en la DE, para entender el sendero de tiranía, en que transitaba el gobierno. Un estilo de gobernar sin diferencias sustanciales al dinasta derrotado, quien en sus días de gloria, afirmó: "Dar libertad a un pueblo inculto, es como dar de comer bistec a un niño recién destetado".
Cero no compartía la política del gobierno en las relaciones exteriores, especialmente con los Estados Unidos y otros países amigos. Tenía certeza de que en el escenario de la guerra fría, a los estados débiles sólo queda la solidaridad internacional como forma de defenderse. Armas en manos de los pequeños -como sucedía en la Nicaragua de Calderón-, era el camino más corto para llegar a la ruina.
"Tengo suficientes agallas para salvar al país de la debacle social y política, en que se desvanece su identidad de nación", pensó. "Tal vez estaré loco -se dijo-, pero no veo a otro más que mí mismo para recuperar la dignidad y soberanía de la patria".
Por algo estaba allí, trágicamente inmerso en la lucha por la li-bertad que encendía su alma, desde que era un niño. Por algo lo habían sacado de su mar, su bote, y el diálogo con rayas y tiburones. Por algún mandato del destino había encontrado al infortunado gringo. De aquí que cuando escuchó los relatos de los muchachos del Frente, le supieron a llamada interior y compulsiva lucha armada.
Tentado por la ambición de dar rienda suelta a los ideales dentro de un escenario mágico y fascinante, que se fortaleció aprendiendo de la casta y vigor patrióticos de Salustiano Pinzón. "Hermoso compartir inquietudes y entregarse a realizar los sueños de aquella vida ejemplar", pensó.
Como afirmaba Salustiano, no había más alternativa que una patria libre, como la que habían modelado con sangre y fervor los Estrada, Martínez, Cuadra, Sandino, Zeledón. Estos sí que eran hombres de casta que dieron brillo a la nación. Ideales por lo que había vivido Salustiano, entregándose a ellos, para que la cárcel política no siguiera dictando normas ni manipulando vidas bajo un régimen de amenazas. Por esto fue respetado y se convirtió en líder del Partido de la Tradición. Estos atributos lo ligaban a la historia.
Pero estos patriotas estaban muertos. Fueron sustituidos por pu-silánimes tenderos sin identidad de nación, que aliados a sectores mercantilistas, traficaron con la decencia cívica y entregaron el destino del Partido de la Tradición a los designios del dictador.
"Es la razón por la que estamos aquí -dijo Cero, cuando le preguntaron por el motivo de su lucha-.Al pueblo le falló quienes debieron darle una respuesta. Nosotros no vamos a fallarle".
Pero estaban fallándole, y Cero tenía conciencia de ello. Las promesas del Palacio: "lucha por absoluta libertad de culto, movilización, sindicalización, prensa, etc", que sonaron limpias, llenas de energía, tan expresivas al oído de un idealista, fue después la misma basura retórica que abundó en el basural del dictador.
"Libertad de todo y para todos, con justicia, compañeros",
recordó las promesas que todavía seguían sonando en el salón del Congreso.
"El reparto del botín los multiplicó como hormigas. Cargaron con todo lo que pudo alcanzar en sus conciencias, y en el fondo de sus sacos. Fue un dantesco cuadro por el que comenzó a escapar lo más hermoso de la Revolución. No hubo capacidad espiritual de resistir la tentación de los panes", pensó.
"Sí, claro. Tuvimos mala memoria. Olvidamos lo elemental de la prédica, que en tiempos de vacas flacas, olieron a misticismo. Eramos los profetas del cambio y mensajeros de la buena nueva, que traía consigo, liberación a los oprimidos, luz para alumbrar la oscuridad del capitalismo, y un paraíso para quienes no tenían la esperanza de soñar con uno. Y en su lugar, fuimos a fondo en la construcción de un infierno", se dijo.
¿Qué había sido del sentimiento y el espíritu primario de la Re-volución?. La lucha por los hombres del campo y la dignidad de los obreros. En alguna escuela de política escuchó la crítica de un socialista referente a las condiciones sociales y las magras expectativas de vida en América Latina: capitalistas sin capital, obreros sin máquinas y campesinos sin tierras. Estos, le dolían más, porque en la hacienda de su padre había comido en sus platos y disfrutado del sencillo amor de las campesinas, siempre feliz y lleno de ternura. La lealtad iba más allá de la Revolución.
Experimentaba cierta forma de traición que no podía medirse con simpleza, dado el complejo análisis que obligaba la guerra fría. No era en las desoladas campiñas de la Alemania de Hitler, ni en las mudas estepas de la Rusia de Stalin, en que se cavaban trincheras, y en las que los cañones lanzaban continuas andanadas de granadas, sino en la angustiada patria de su corazón.
Daría el primer paso. Tenía la experiencia de los días críticos en que Somoza incrementó la persecución con patrullas antiterroristas, cuando fue necesario trasladar la guerrilla de la montaña a la ciudad. El primer ataque frontal en Masaya. Los combatientes del FRP, hicieron un buen trabajo. Movilizaron recursos y permitieron delinear la estrategia de lucha en contra del dictador. Era duro contemplar pasivamente como el FRP, y el sueño de la Revolución, se transformaba en los restos de un cadáver tentador y fascinante.
XXV
Los hijos y la guerra
-Mientras haya guerra no habrá hijos -recalcó María.
-Estás en tu derecho -dijo, soplando la taza de café que olía a altura.
Un gallo voló hacia la rama superior del jícaro, batió las alas y lanzó su clarinada. Junto al fogón escuchaban el parloteo de la radio del FRP, confiscada a un somocista.Daba rienda suelta a los boletines noticiosos que narraban los combates en que los milicia-nos y cazaperros hacían trizas a las fuerzas de tarea que ya anda-ban sin jefes.
-Diversionismo informativo -comentó Cero.
-Desorienta a los combatientes.
-Me preocupan los colaboradores históricos. Es la misma táctica de la CIA.
-Casi siempre la guerra comienza con una mentira. Cada vez que Somoza tenía problemas internos inventaba un conflicto. ¿Has oído hablar de Mokorón?
-¡Ah, sí! El viejo Yamendi me habló de ese asunto en el velorio de Juan José. La estúpida escaramuza con Honduras.
-Los poetas de Satanasio hasta inventaron versos para que los cantara la tropa. Me los aprendí de memoria. Creo que dicen así:
"A la guerra, soldado pinolero,
que Carías te quiere conocer.
Ha pensado el muy tonto y majadero,
que llevamos faldas cual mujer..."
-¡Imagínate tú...!¡Ahí iban los pobres campesinos de caites, engañados, a sudar calentura ajena! ¡Qué te parece! -dijo María.
-Lo doloroso de estos conflictos es que jamás llegan a nada. Primero crean el problema, corre la sangre, aparece la OEA, el CONDECA, o cualquier otra comisión de oficio, hacen la paz a su manera y te negocian, poniéndote en las fauces de los leones. To-davía se felicitan entre ellos y levantan un monumento a la paz en nombre de los caídos.
-Así es la guerra -dijo María.
-Caliéntalo y dame una tacita más -se frotó las manos.
-¿Qué pasó con Washington Jhonson? -preguntó María, mientras soplaba el fogón con el sombrero que estaba a un lado.
-Me dio noticias de los aparatos de radio. Están buenos. Los hizo llegar El Zarco para los Alfa.
-¡Qué bien! Ten cuidado con El Zarco. Eres muy confiado.
-No te preocupes. Conozco a la gente. Tengo buen olfato.
-¡Ah, sí! ¡Tú conoces a todo el mundo! -dijo en tono de burla.
Con lascivia quedó viendo los sensuales y elásticos muslos de María, y por la abertura del cuello le llegó la transpiración de los redondos senos que no cedían al tiempo ni al hambre. Se le estremecieron las entrañas y crujieron sus genitales. Le arrastró el deseo irrefrenable de acostarse con María.
-Hace tiempo pensé que si nos nacía un hijo macho que tuviese que ver con la guerra le llamaríamos Lenín -dijo Cero sonriente-. Ahora me doy cuenta, que semejante nombre para un niño podría ser un disparate.
-Veo por donde vas.
-Dentro de poco tiempo nadie querrá llamarse Lenín. Pesa mucho la historia de un pueblo sobre las espaldas de un nombre. Y tal vez ese nombre, a quien lo lleve no le dirá nada. Como decía mi padre hablando de un sobrino suyo que le pusieron Bonaparte en honor del emperador de los franceses: "Con ese nombre la pasa muy mal, y mejor habría sido que le hubieran puesto Chancleta, porque eso a lo menos habla de un pie conocido: el suyo" -recordó Cero.
-Tu papá era loco como vos -acarició la barba que comenzaba a crecer, a estilar olor a tierra y sudor de montaña.
-Pero era sabio -dijo Cero-. Nadie le ganaba en sabiduría. Leía la Biblia en las mañanas y antes de acostarse. Aseguraba que en la Biblia había aprendido todo, desde pastorear ganado hasta educar a los hijos y convivir con la mujer. Conocía muchos salmos de memoria. Se llevaba bien con el ganado. Había veces le salían sus cosas, y afirmaba que era mucho más fácil hacer amistad con vacas que con mujeres, aunque el viejo Pinzón era verdadera reata con las mujeres. Quizá lo decía por lo mucho que le molestaban, yendo siempre tras de él.
-No hablemos de tu padre.
-Está bien.
-¡Eso de nombres es como si alguien renegara por llamarse Jesús, porque hubo un hombre con este nombre que murió en una cruz! -volvió María.
-No es igual. Ese hombre no vino a hablar de paraísos en la tie-rra. No era comerciante ni diputado y menos terrateniente. No se le ocurrió pensar en eso. Cuando habló de la riqueza llamó a las cosas por su nombre: al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Lástima que mi padre no haya vivido en los días de Jesús, porque a lo mejor se hubiera hecho su camarada.
-Tal vez hubiera sido su apóstol.
-Tal vez. Uno ni siquiera se imagina lo que un nombre puede significar para la vida de un niño, sobre todo si se trata del hijo de uno. Si no te gusta el nombre, es como si te pusieran una cruz encima.
-No voy a tener ningún niño. No tenemos que pensar en un nombre -dijo María.
-Bueno. Por ahora.
-Mientras persista esta condición de guerra. No vamos a dar un hijo a la nada. No contribuiremos a su desdicha,lanzándolo a un fu-turo sin futuro. Sería un drama grotesco. ¡No se me ocurre¡ ¡Correría la misma suerte de Carlos y Benjamín!
-Carlitos ya sería un hombre y Benjamín no hubiera dejado hijos ni viuda.
-Tal vez. Cuando pensaba en él me aterrorizaba la guerra. Una no puede tener hijos pequeños, vivir con un rifle y dormir tranquila. En cualquier momento la guerra te quita los hijos.
-¿Cuándo piensas estar de regreso?
-En tres semanas. De todas maneras, te haré llegar noticias con Camacho. Ve preparando tus cosas. Hay que abandonar Honduras. Estos guardias hondureños no se sabe qué son. A Kantor no le va a gustar lo nuestro. Se le caerá el negocio.
-¿Cuál negocio?
-Las botas, el vestuario, las provisiones, los tiros, las putas. En este asunto entran las putas también. Todo representa millones. Va a ser un golpe duro para él y Sánchez. Esta guerra ha sido una farsa, que ha costado mucha sangre y muchos muertos inocentes, que fueron chivos expiatorios de una sangrienta jugada política.
-¡Ah! ¡Sí! ¡De pronto lo olvidé!
-Le produjo plata a Kantor. Si se acaba la guerra se acaba el negocio.
-Se acaba la plata -asintió María.
Lo dijo con tristeza, recreándose mentalmente en un tumulto de sueños truncados, de experiencias de sobresaltos, de pequeñas cosas suspendidas en el espacio de su imaginación.
-¿Qué te preocupa, María?
-Nada. Estoy pensando en ti.
-¿Qué piensas?
-Tonterías. Yo siempre pienso tonterías. Es asunto mío.
Sin percibirlo absorbía los problemas del compañero, del jefe, del comandante, del hombre. El sueño de la Revolución se volvía más distante y lo veía consumirse como el destello de una vela que se apaga.
-No creas, María, que son tonterías. Eres una mujer sabia, una mujer lista, una gran mujer.
-¡Qué te pasa, Eliseo!
"Le pareció extraña la actitud de Cero. El que no daba nada a nadie, que embestía de frente con altivez de triunfador. Ahora venía hacia ella como buscando apoyo, y ella que se vanagloriaba de conocerlo mejor que su madre", pensó.
Olió en el sudor de su piel, en el brillo de los ojos, y en el tono de su voz que no se trataba de caricias ni de sexo, sino de una extraña búsqueda entre los escombros de sí mismo. Era como un campeón de boxeo que hubiese perdido la última oportunidad.
-Nada. Simplemente, tienes la razón. Siempre has tenido la razón. De pronto me tomó de sorpresa la película de nuestra vida.
-Falta el final -sonrió María.
-Ojalá tengamos suerte.
-Dices que no crees en la suerte -rió María.
-Tal vez he cambiado.
-¿Cuándo piensas estar de regreso?
-No sé. Vamos por un enclave por el lado del Wawa.
-Cuídate mucho.
-Tengo mi servicio de inteligencia.
-No sé si lo tengas. Sólo recomiendo que te cuides.
-Gracias, María. Eres una gran mujer.
-Cállate -dijo.
Era mejor que callase. No le gustaba oírle así. Sus palabras sonaban a despedida, a un irse para siempre.
-¿A que hora es el viaje?
-Vamos a salir en la noche. Por la vereda del Sukya. Aunque distante y difícil, es la más segura. Nadie se atreve por ahí.
-Hasta dónde sé, es la ruta de narcotraficantes y asesinos por encargo que cruzan por San Andrés.
-Respetan a los combatiente -dijo Cero.
-Al comandante Catracho lo degollaron.
-Les quiso robar la droga y los fusiles. Eso no se hace. La mafia tiene sus leyes y le pasaron la cuenta.Catracho se suicidó. Quién anda en esto sabe muy bien que en guerra y en drogas, si hay una sola falla prevalece la ley de la selva. Fue todo.
María no quitaba los ojos de Eliseo. Le parecía hablar con un hombre que no era el suyo. Se había vuelto reflexivo, y hasta daba consejos.
-¡Pobre, hombre!
-Así es. ¡Pobre, hombre! Fue mejor para El Catracho. A lo mejor lo habríamos tenido que hacer nosotros, como pasó con el radio-operador de la guardia, ajusticiado por traidor. El Catracho era traidor potencial. Sólo esperaba el momento preciso para dar rienda suelta a su hábito. Hay tipos que no lo pueden evitar. Algo independiente de ellos mismos los impulsa a ser traidores.Un mecanismo de acción programado en el fondo del ser. ¡Quién nace traidor muere traidor!
María le quedó viendo como siempre, con admiración, con amor y una mezcla de dolor y lástima. Cero sabía lo que decía. Era el indicado para expresarlo con llaneza. Recordó el acto traidor de La Penca. El click del zumbido brutal que apagó su conciencia.
-Tienes que cuidarte mucho.
-Lo sé.
-Hoy más que nunca. Recuerda que has dado problemas a la gente de McAfee. Esos no perdonan. Es necesario que tengas clara conciencia de ello. Como dice Camacho, le has aguado la sopa.¡Por algo te mandaron el jumbo lleno de supositorios!
El comandante sonrió. María pareció ver en la sonrisa el breve recuerdo de satisfacción que produjo el extraño embarque, que no era otra cosa que la clara advertencia de que la gente de McAfee lo estaba mandando al diablo. Pero él, gozoso pensó que al fin los había hecho reaccionar: le había sacado un pedo al orgulloso gigante del norte.
-La suerte está echada, María.
La frase aunque había sido frase suya, le sonó mal a María. En otras ocasiones la pronunció con orgullo, y la firmeza de quien tiene de su lado a los dioses. Le sabía a seguridad en los momentos de decisión.
-Sólo te advierto que te cuides mucho.
-Dios me cuida. Mi gente me cuida.
María lo quedó viendo sorprendida.
-No soy Torrijos ni Barbas. Hablas con tu mujer, la madre de tus cuatro hijos -dijo con molestia.
-Perdona, mi amor -la atrajo hacia sí, y le dio un fuerte beso en los labios-. No me culpes, que estaba pensando en la guerra.