ArtISTMO:
Centroamérica imaginada
Por Nora Fisch
Curadora y crítica de arte. Argentina residente en New York.S
tomado de CONEXARTE
revista virtual de Arte, diseño y crítica
del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de Costa Rica (MADC)

wpe206.jpg (32603 bytes)Según lo que Benedict Anderson formula en Imagined Communities, el concepto de nación surge fundamentalmente a partir de una comunidad de personas que se imagina a sí misma como tal.

Este concepto de una “comunidad imaginada” —imaginada no significa falsa o arbitraria, por lo contrario, implica un acto creativo de la mente— podría también extenderse a la noción de región, cuando los miembros de una serie de naciones se conciben a sí mismos como parte de una continuidad regional.  En el caso de los países que integran el istmo centroamericano, existe un continuum geográfico, histórico, racial que entreteje las vidas de sus habitantes, aún cuando la historia reciente haya sido divergente, más trágica en algunos de ellos, más benigna en otros.   El banal hecho que las patentes de los automóviles en San José proclamen su pertenencia regional  —Costa Rica, Centroamérica— manifiesta el grado en el que estos ciudadanos dan por sentado su pertenencia a un ámbito mayor, de alcance regional (es difícil, por ejemplo, imaginar que los autos en Argentina o Brasil incluyan la palabra Sudamérica como parte de sus coordinadas de pertenencia).

ArtISTMO, la muestra presentada en el MADC, es parte del esfuerzo de esta institución por articular una mirada amplia sobre el arte contemporáneo de la región.  Al insistir en el concepto de una producción artística específica de los países del Istmo, sus curadores, Rolando Barahona y Tahituey Ribot, no sólo intentan  investigar aquellas particularidades del arte producido en la zona,  sino que ejecutan una maniobra de posicionamiento político-cultural: en una escena internacional donde el arte contemporáneo de las diferentes regiones tiende a asimilarse y parecerse en cuanto a estrategias conceptuales y formales,  parte del valor de los proyectos curatoriales focalizados en un área periférica reside en delimitar una escena y un ámbito de conocimiento frente a otras instituciones culturales internacionales.

La muestra recibe a los visitantes con el conceptualismo poético de Priscilla Monge (Costa Rica), su obra Piedra para tomar decisiones descansa en el suelo a la entrada misma de la sala de exposición.  En esta piedra redonda se han grabado tres direcciones con sus flechas respectivas, a la manera de una antigua señalización de caminos.   La obra desencadena asociaciones inmediatas en cuanto a su contexto imaginario: una bifurcación de senderos, un tiempo anterior, tal vez una referencia al legado del romanticismo y del pasado colonial hispanoamericano (a pesar que está basada en una fábula rusa). “Para encontrar el amor”, “Para perder la vida” y “Para perder el caballo” son los posibles caminos, el hecho que esta última dirección es la que debe seguirse para entrar a la sala de exposición sugiere un gesto no exento de humor de los curadores.

La obra de los 26 artistas que participan en ArtISTMO abarca un rango amplio de abordajes, desde las pinturas geométricas abstractas de Bayardo Blandino (Honduras-Nicaragua) hasta el enfoque político frontal de Isabel Ruiz (Guatemala). Sin embargo, hay un tema que aparece repetidamente entre los artistas incluídos en esta muestra y que conecta entre sí a una buena parte de las obras: la preocupación por los procesos de mestizaje cultural y el posicionamiento de los artistas centroamericanos frente a los procesos de globalización.

Darío Escobar (Guatemala), encara esta problemática como foco central de su obra, representada acá por cajas de cereales Kellogs cuyas superficies han sido cubiertas parcialmente por laminado de oro y decoraciones basadas en el barroco hispanoamericano. Una cualidad interesante de estos objetos - descendientes lejanos de las cajas Brillo de Andy Warhol - es la manera en la cual ambos mundos visuales conviven: el diseno gráfico colorido, dictado por el mercadeo masivo por un lado; la cita histórica representada por una superficie lujosa y artesanal por el otro, se encuentran sin que se establezca un juicio jerárquico de uno sobre el otro. Su relación está dictada por las proporciones aritméticas reflejadas en los títulos de las obras, por ejemplo 50% Up 50% Down, que se limitan a describir cuánta superficie del envase fue cubierta por el artista. Tanto el barroco español como el lenguaje de la publicidad norteamericana han puesto su impronta sobre la textura de la vida en Centroamérica, en este sentido la obra de Escobar puede verse como una crítica y al mismo tiempo una aceptación conciente de las influencias de los centros de poder sobre la región.

Los objetos de Raúl Quintanilla (Nicaragua) también juegan con la yuxtaposición de  elementos icónicos centroamericanos y globales: una vasija indígena se sostiene en un pedestal armado de piernas de muñeca Barbie, otra gira sobre su eje, contienendo un Cristo y una pluma de pavo real . Tanto la simpleza de su construcción como la humildad de su escala logran que estos objetos funcionen como comentarios personales cargados de ironía, más un susurro que una proclamación.  Luis Gonzalez Palma (Guatemala) utiliza el collage fotográfico para elaborar una crítica de naturaleza similar —el rostro de un indígena yuxtapuesto a elementos que representan las culturas española o norteamericana—.  

En el caso de los costarricenses Jaime-David Tischler y Jose Alberto Hernández, la fotografía sirve para exploraciones de carácter intensamente subjetivo. El primero trata este medio de manera cuasi pictórica, el claroscuro y el grano texturado nublando la intensidad erótica de las escenas registradas.  El segundo presenta un tríptico fotográfico que es parte de su proyecto en torno a las tareas cotidianas que se llevan a cabo en una morgue. Hernández, un artista muy joven, se atreve a investigar la mortalidad, así como la fascinación voyeurística que el cuerpo despierta.

La fotografía ocupa un lugar preponderante en ArtISTMO.   Su utilización como comentario cultural toma un giro humorístico en la obra de Yasser Musa, de Belize.  Acá no es el índigena quien ve su tierra colonizada por influencias extranjeras sino el centroamericano, representado por un avatar del artista –un muñequito de yeso pintado llamado Banana Boy— quien sale a recorrer el mundo.  Banana Boy, verdadero jet-setter,  posa frente a obras maestras de museos en Paris o Nueva York, se aburre en los aeropuertos europeos y se retrata en manos de sus nuevos amigos internacionales.   

La panameña Sandra Eleta encara la fotografía de manera más tradicional, como retratista.  Sus obras reflejan el trabajo que viene haciendo desde los años ochenta con las comunidades indígenas de la costa de su país.  Estas imágenes en blanco y negro capturan momentos de juego y placer: una mujer ríe expansivamente mientras el agua la salpica, una niña mira plácidamente a la cámara, las plantas detrás suyo aparecen como alitas angelicales.  El tipo de situaciones que Eleta elige representar es significativo, al ser situaciones de disfrute, que retratan un aspecto de liviandad, pero resultan en imágenes de profundo magnetismo y peso emocional.

La fotografías de Cynthia Soto contienen un meta-discurso sobre el medio. Una misma escena, dos mujeres en un picnic en un parque europeo, es registrada desde dos ángulos distintos, las tomas son presentadas como fotos color de gran tamaño, una junto a la otra. Una de las mujeres es la artista, quien mira a una de las cámaras.  La otra persona mira a la artista. La obra de esta manera presenta dos niveles de interpretación: por un lado una reflección acerca de los trucos del medio (el enmarcado, el ángulo, lo que se elije mostrar) y su capacidad de distorsionar la lectura de la realidad; por el otro, un estudio de las sutilezas psicológicas de una relación interpersonal.

Entre las obras conceptuales de más impacto emocional se hallan las instalaciones de Isabel Ruiz.  Su obra Testimonio es precisamente éso: un registro escalofriante de las atrocidades cometidas en su país, Guatemala, tomado de las narraciones de las víctimas y escrito en pañuelos blancos.  La elección del formato para esta obra es agudamente precisa: el pañuelo, como objeto personal de uso cotidiano, da cuenta de la irrupción de la violencia en las esferas individuales y subjetivas; es lo que se utiliza para secar lágrimas, y es también el emblema latinoamericano de las familias de los victimizados por las dictaduras militares –Madres de Plaza de Mayo en Argentina, por ejemplo--.  Esta artista muestra un talento especial para comunicar un mensaje con concentración y economía de recursos. Su otra instalación incluída en ArtISTMO, titulada Del dicho al hecho consiste de una serie de rollos de papel higiénico en los que se ha escrito el texto de la Declaración de los derechos humanos.

El salvadoreño David Herrera también utiliza la escritura pero no como conducto de significado que refiere a un acontecimiento exterior sino como grafismo, que se funde con una serie de marcas hechas en planchas de acrílico transparente. Si bien hay referencia a la escritura, no es posible leer; de un caos de manchas, rayas y borrones surgen dibujos lineales y palabras, que vuelven a fundirse en lo pictórico.  El título de la obra Incubación de un bestiario ámbar deliberadamente refuerza el aspecto multívoco e impenetrable de la obra, abierto a la interpretación.  El contraste entre el abordaje a la producción artística de este artista y de la anterior ejemplifica la diversidad del imaginario regional, que sin embargo no pierde la capacidad de pensarse a sí mismo como un todo.