“El brindis”

                                                                                               Para Javier Vallecillo.          

Qué puede esperar de la vida una pobre muchacha de Campania, campesina, labriega, aldeana, vecina  de una ciudad tan próspera como Pompeya?.Yo amaba a mi ciudad, aunque fuera ingrata y egoísta y solo me ofreciera el trabajo de criada de las patricias romanas, de las matronas esposas de los senadores, prestamistas, comerciantes y militares de alto rango. 

Así que cuando me vi las tetas grandes, las caderas firmes y redondeadas, entornando el culo bien parado, decidí irme de puta. No quería para mí, el destino inminente de mi madre de morir con las manos callosas por el duro trabajo con la azada ni la piel arrugada por el inclemente sol del campo. Las jornadas al aire libre son terribles, cuando sopla el siroco del Tirreno revolviendo la arena que traen los vientos del desierto africano, hasta los pájaros caen asfixiados, es el estío y todo en Agosto se calienta como un horno, las cigarras se quedan  pegadas en los troncos secos emitiendo sus postreros y desmayados chillidos. 

En ese año del 79 después de Cristo, rigiendo el emperador Tito, Pompeya era el centro de veraneo de los ricos, con sus 20,000 habitantes que arrojó el último censo, bien podía darse el lujo de tener instalado un buen putero. Ahí quería llegar, establecerme con  mi poca ropa, un par de sandalias, algunos artículos de tocador, polvos  y maquillaje egipcio y comenzar a culiar.

No llevaba ninguna recomendación,  en el campo nadie lee ni escribe un pergamino, de modo que me recomendaría mi propio cuerpo con su timbre de voz cálido y la mirada entre serena e inquisidora de mis ojos grandes almendrados. 

El lupanar está ubicado en la vecindad del mercado, de día es infernal el tráfico de los carruajes, que pasan traqueteando sobre los adoquines, rechinando con ruido insoportable los ejes de sus ruedas de hierro, a eso agréguenle la vocinglería de los vendedores de viandas, artículos y servicios.  

Me llamo Lesbia, como la novia del poeta Cátulo. Cuál novia?, el pendejo cree que a punta de poesía la va a conquistar. La madrota me recibió de excelente humor, me condujo entre las columnas del peristilo, al atrio que se abría en el centro de la casa dejando entrever el cielo, ahí esperé que me asignaran mi cubículum.  

Que yo sepa en nuestro medio ningún arquitecto ha construido un prostíbulo, esta casa  adecuada para tal fin perteneció a un noble romano empobrecido que cayó en la necesidad de venderla y como toda casa pompeyana que se respete está centrada en su interior, afuera solo se disponen las cuarterías para el comercio y los negocios, el resto de las dependencias corresponden al triclinium o comedor, el área para reunirse llamada tablinum, el umbral, limen y los dormitorios, cubículum que en nuestro caso especial deberían llamarlos coitículum. La decoración estriba en  frescos y mosaicos, en el vestíbulo representan al perro guardián, en el comedor imágenes frutales y piezas de cacería, en los dormitorios escenas eróticas. 

Las muchachas, es decir mis compañeras putas, (rechazo la palabra ramera, extravagante término que suena a vendedora de ramas), pidieron a la Madame pintar en el dintel de las puertas, escenas de su especialidad: sesenta y nueves, el muy latino cunnilingüis, armas al hombro, el misionero, salto del tigre, collar de perlas, chorreadito de candela, en fin los platos más populares del menú sexual, para publicitar sus ventas y hacer marketing.  

Yo como novata  no sabía a qué dedicarme, en el vasto juego del erotismo, poco conocía sus reglas y combinaciones, apuradamente me había desvirgado un joven pastor de Pestum, la floreciente colonia griega, llena de mancebos bellos. Sin embargo la experiencia fue sosa, sin ningún encanto, como cualquier polvorón de gallo. 

No sabía exactamente lo que quería, pero estaba segura al menos de lo que odiaba: las panzas y papadas grasientas de los políticos cebados como cerdos, calcos fieles del cuerpo de Trimalción, gruñendo con gruñidos de chancho en el banquete que describe Suetonio en el Satiricón. 

Los consejos de Flavia, la doncella morena llegada de Herculano o Stabias, avivaron como el aire al fuego nuestra amistad: no te enamorés ni te dejés preñar, después de la cópula ponete en la vagina, gasas finas de lino embebidas en vinagre de vino rojo pompeyano, su acidez neutraliza rápidamente los espermatozoides que quieren entrar al óvulo. 

Si de escoger se trata, te recomiendo a los adolescentes púberes que vienen por primera vez a meterla en el burdel. Son los chicos plásticos de Roma, los niños bien del Area Sacra Argentina o de los palacios entre los pinos del Janículum,  hijos de papá, cargados de denarios, loquitos por echarse su palo inaugural .  

Tratálos con paciencia y cariño, acariciálos, no los espantés como acostumbran las putas veteranas y depravadas. Sé suave, dulce, candorosa, acordate que la cochonería está de moda desde que el Emperador Adriano, se cogía a su favorito, el bitinio Antínoo, hasta que lo convirtió en Dios. Hacé campaña  para que aumenten nuestros clientes, frutita del Vesubio.  

Aquél horror me agarró roleada, cansada de toda una noche de cogedera. El volcán del cono perfecto, emplazado en el bellísimo golfo de Nápoles, comenzó a retumbar, arrojando una densa capa ardiente de cenizas, piedra pómez y escorias, que ocultó al sol.   Un torbellino de gases venenosos expandiéndose a gran velocidad intoxicó a miles de ciudadanos. Desde la orilla del mar, Plinio, el joven historiador contempló el trágico espectáculo y lo describió. En dos días fue cayendo y formándose un manto de cenizas de seis a siete metros de espesor sobre las sesenta y siete hectáreas de nuestra querida ciudad. 

Yo me quedé dormida en mi cubículum, sin poder brindar nunca más a ningún cliente una hermosa copa de vino rojo pompeyano, ni exponerle con genuino orgullo que las muchachas de Pompeya, culiaban rico. 

David Ocón.