clip_image021.jpg (8923 bytes)Poema para invocar un regreso

Nadia Contreras

 

Volverás.

En cualquier instante abrirás la puerta, en cualquier segundo.

Para cuando vuelvas la mesa estará servida.

 

Para cuando vuelvas,

Hablaremos de la mañana del domingo, las fiestas a las que acudes, el muchacho que dice quererte más de lo que yo te quiero.

 

Has crecido hija y eres tú la que elige el rumbo.

Porque la vida, es cuestión de volar a la mañana como los pájaros.

La vida que es lo mismo que nacer a la hora puntual de las seis treinta de la mañana.

 

A esa hora, hija, dicen que nací. Dicen

Porque nadie guarda los registros.

 

¿Sabes cuál es mi nombre verdadero?

 

Nunca te dije que mucho antes que nacieras, mucho antes que fueras el horizonte o la lluvia.

Mucho antes que las manos me dolieran

hube de preparar tu llegada.

 

Fue entonces que estuve más cerca de ti y más cerca de la madre mía.

La que es todas las madres reunidas,

A veces demasiado próxima,

A veces demasiado distante.

 

La madre mía tan dentro de la piel

Y la primera fulgor inalcanzable por mis dedos.

 

En ella también pensé, hija, cuando te anunciabas como un sol apenas amanecido o la nube a punto de ser tormenta.

 

Me aferré entonces como la primera al olvido.

La primera que se llamará Fulgor

Y tú aún no vuelves, imagino, porque es imposible caminar en esta ciudad sin nombre.

 

He visto mujeres, hija, ocultar su pasado en otros cuerpos,

Falsas de la cabeza a los pies.

Las he visto jugar hasta la medianoche las cartas del destino y vestirse con las pocas ropas que usan.

No así a la hora del alumbramiento.

 

Me pregunto qué pasó, entonces.

Que dios me maldijo desde el comienzo y la puerta no abres.

Fuiste tú quien prometió volver

Como lo hacías antes,

Como sucedía cuando la adolescencia era apenas un presagio.

 

¿Lo recuerdas? 

Yo te dije que crecerías paloma o mariposa, que el amor llegaría y dices caminar descalza a orillas de una playa.

¿Amor o deseo?

Y respondes: las dos cosas juntas, inexperta que soy.

 

Te prometí la ternura.

La ternura uniéndonos, mujeres de otros vuelos.

Pero dime ¿existe la ternura?

 

Yo también crecí, hija, cuando dejé de respirar

Y comencé a morderme las uñas.

Cuando fui el orgullo familiar y la decepción de un cuerpo distinto cada día.

 

La decepción que soy sin piedad ni dulzura para el hombre que llegó de lejos,

Y se aferró a mi piel,

A mi vientre carcomido por los años.

 

Aún así debo de terminar este poema.

Este poema hija, que mi madre la que es fulgor, no escribió para mí.