Y

  DOS FORMAS DE SENTIR LA MUERTE
                               Moisés Elías Fuentes 


El 20 de enero de 1947, poco antes de cumplir treintaitres años, muere en la ciudad de Managua, Nicaragua, el poeta Joaquín Pasos, arrasado por la dipsomanía. Durante la agonía, le acompañaban parientes y amigos, y durante las últimas horas tuvo a la vista un crucifijo, en señal de contricción para con su fe católica. 

El 27 de mayo de 1970, a los treintaitres años y seis días, en la carretera de Bari a Brindisi, en Italia, muere en accidente automovilístico el poeta mexicano José Carlos Becerra. La muerte fue imprevista e instantánea para Becerra, quien quedó varias horas solo antes de que la policía italiana rescatara su cadáver, y antes de que las autoridades consulares mexicanas se encargaran del debido reclamo y del traslado a México del cuerpo del poeta. 

Joaquín Pasos (Nicaragua, 14 de mayo de 1914-20 de enero de 1947) vivió y murió en su país, sin salir nunca de éste. El único viaje al exterior del que se tiene noticia, fue a El Salvador, pero tal viaje no cuenta; el unionista centroamericano que la mayor parte de los centroamericanos llevamos dentro, no permite que veamos los viajes por el Istmo sino como tránsito por la propia casa. El diálogo de Joaquín Pasos con el otro, con el extranjero, fue siempre desde y a partir de Nicaragua. 

José Carlos Becerra (México, 21 de mayo de 1937-Italia, 27 de mayo de 1970), fue viajero tenaz y silencioso. No salió de su natal Villahermosa, en Tabasco –región signada por el abigarramiento tropical- para conquistar al mundo, sino para reconocerse en el mundo. El nomadismo de José Carlos Becerra no era una evasión, era un compromiso con sus convicciones. Becerra profundizó en México para forjar su México personal, y a éste llevó a dialogar con el otro. 

Los primeros versos, tanto de Pasos como de Becerra, tienen acento romántico. Son versos iniciáticos, en que emerge la sensibilidad de ambos poetas en su forma más rústica y súbita.

En uno de esos primeros versos, Pasos nos dice “Yo moriré de angustia alguna noche, alguna.../ Moriré de amar tanto...” Como si respondiera a la aseveración del nicargüense, el mexicano Becerra se queja: “...Ay, esa música que ahora escucho, esa canción/ que alguien canta en un disco,/ me duele mucho...” 

Es interesante observar –después de leer los fragmentos anteriores- cómo, en ambos, la poesía evoluciona rápidamente a una expresión lúdica y experimental fresca y espontánea. Son los casos de poemas como “Noruega”, de Pasos y “Blues” de Becerra. La juventud es mezcla de infancia y de adolescencia. Sin embargo, en esta reagrupación del  yo íntimo de cada poeta, también se cuela, como constante, un dejo melancólico, de no pertenencia, de exilio interior. 

Jóvenes, vitales, llenos de pasión y de razón por el mundo y por las cosas del mundo, Pasos y Becerra se adentran en los terrenos del erotismo, y el erotismo les enseña a conocer y a re-conocerse. La experiencia erótica –tanto la vivida en lo individual como la trasladada a la escritura- es revelación de lo otro cuanto revelación del otro que somos como individuos.  

A Pasos le costó trabajo adentrarse y entregarse por entero al universo femenino, acaso por la formación educativa y familiar marcadamente conservadora. Su poesía erótica, entramada, lúdica, sensual, conlleva sin embargo cierta desazón,  incertidumbre, e incluso una tensa misoginia, en que esconde el temor a la realidad femenina. Sólo en ciertos momentos el Joaquín Pasos amante se da por completo. En tales momentos, el poeta se desentiende de tabúes religiosos, de impedimentos sociales, y descubre el placer de lo sensible: “Se ha perdido ya el hueco de tu cuerpo/ que era la voz de tu carne desnuda hablándole íntimamente a la/ ropa planchada,/ diciéndole a qué horas el brazo serviría de almohada/ y cómo el tibio vientre palpitaría como otra almohada viva,/ funda de seda de nervios y de sangre.” 

Distinto al nicaragüense,  Becerra permite al ser femenino entrar de lleno en él y se permite entrar de lleno en el ser femenino. Becerra encuentra a la mujer y se encuentra en la mujer, y vive la experiencia erótica como metáfora de la libertad: “El océano amarra su furia en los alrededores,/ la tierra acalla a sus muertos y se hace navegable;/ cuerpos penetrados en todo,/ nacidos por vuestra propia voluntad,/ el alma no es vuestra sorpresa sino vuestra mejor historia,/ la desnudez es nuestra lucidez verdadera.” Sin duda, se advierte la década de 1960, con su carga de ideas, convicciones y propuestas contestatarias y abiertas, en Becerra. 

Tanto Pasos como Becerra murieron en el umbral de la madurez creativa. Ambos estaban en los treintaitres años y habían alcanzado a escuchar los tonos, los acentos, las intensidades de una nueva voz, que era la suya propia, pero oscurecida, diversificada y a la vez compacta. Tanto el nicaragüense como el mexicano tenían la vida inserta hasta lo entrañable. Sin embargo, en la dipsomanía del primero y en el discreto aislamiento del segundo, puede advertirse una irresuelta y dolorosa conciencia de la muerte. 

La conciencia de la ineludible soledad, fustiga y motiva a la búsqueda del otro, al encuentro con la diversidad que somos; pero también tal soledad nos encierra en nosotros mismos, nos empuja a la región sombría que cada uno de nosotros llevamos dentro. Caminar en sentido contrario a la soledad implica caminar en sentido contrario a nosotros mismos. No es fácil cosa ni sencilla salir de nosotros y a la vez estar siempre dentro de lo que somos. 

Así como tuvieron conciencia de la soledad, Pasos y Becerra también tuvieron conciencia clara de la muerte, de la experiencia individual y única que es la muerte para cada ser. Sin duda no la desearon, pero sí la intuyeron, la supieron. Tenían presente que la vida y la muerte están juntas, distintas y a la vez complementarias en sus propósitos y razones de existir. 

Hacia 1942, inició Joaquín Pasos la escritura de su mayor poema, el Canto de guerra de las cosas. En 1964, comenzó José Carlos Becerra la redacción de su Oscura palabra. Dos cantos elegíacos, de distinta motivación y de distinta resolución, aunque con propósitos semejantes. El motivante del Canto de guerra de las cosas es la Segunda Guerra Mundial; el de Oscura palabra, el fallecimiento de la señora Mélida Ramos de Becerra, madre del poeta Becerra. 

Joaquín Pasos fue un hombre de carácter liberal pero de fisiología conservadora. Bohemio, trabajador infatigable, activo crítico político, descuidó e incluso maltrató su salud más allá de lo que el cuerpo podía resistir. Hacia los años en que escribe Canto de guerra de las cosas, Pasos ha cobrado conciencia de su débil salud física, así como de la cercanía de la muerte. El proceso al que ha entrado es irreversible, lo que le lleva a una actividad poética aún más concéntrica y exigente. 

Un adulto joven es José Carlos Becerra cuando acaece el deceso de su madre. Un fallecimiento que toma al poeta, en cierta manera, en el exilio. Hablamos del México de la década de 1960, separado seriamente por las distancias y por la falta de vías de comunicación apropiadas. Becerra llega a Tabasco no sólo a atestiguar el deceso de la progenitora, sino también el doloroso proceso de aceptación de su ausencia. La muerte de un ser querido, entrañable, nos hace cobrar conciencia de la propia finitud y de la soledad implícita en tal finitud. 

En el poeta nicaragüense, la conciencia  de su pronta muerte le conduce a tomar conciencia de la muerte colectiva, realidad que encarna y cobra forma en el desaforado y demencial genocidio que fuera la Segunda Guerra Mundial. Más que ninguna otra, la Segunda Gran Guerra tuvo como fin la aniquilación total del ser humano, tanto física como intelectual, sicológica y culturalmente. El pretexto nazi de la conquista del mundo para fundar un imperio de mil años, resulta asaz endeble ante la evidente doctrina de la muerte y de la locura que profesaron Hitler y sus seguidores. Pasos comprendió, en la apartada Nicaragua, todo esto, lo que derivó a la vez en la comprensión de la muerte individual como un suceso único, personal e inexorable.  

Para el poeta mexicano la conciencia de la muerte surge a raíz de la pérdida de la madre. Este hecho devela al poeta la cotidiana e ineludible convivencia que los seres humanos tenemos con la muerte. Con la desaparición física y síquica de un ser querido, deviene no sólo el choque emocional, sino además el enfrentamiento con nuestra posible e imprevista desaparición. La ausencia del ser querido es ausencia de nosotros mismos. 

Canto de guerra de las cosas inicia con un regreso a lo que existe sin vivir:  los metales, las piedras. “Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,/ si es que llegáis a viejos,/ si es que entonces quedó alguna piedra.” Las imágenes que observa y que devela el poeta no son una sucesión, sino una progresión que aglomera lo mismo; repetición aplastante e inapelable como en los desiertos: “El río se encargará de los riñones destrozados/ y en medio del desierto los huesos en cruz pedirán en vano que/ regrese el agua a los cuerpos de los hombres.” 

Lo primero que reconoce José Carlos Becerra en Oscura palabra es la ausencia de la madre entre todo lo conocido, lo diario, que deriva en algo insólito, en lluvia pertinaz y monótona: “Esta lluvia, esta lluvia quién sabe por qué. Tanta agua repitiendo lo mismo./ La mañana con su corazón de aluminio me rodea por todas partes;  por la casa y el patio, por el norte y el alma, por el viento y las manos.” La muerte aparece y muestra su extraña cotidianidad, a la que nos negamos a acostumbrarnos, pero que insiste, y a la que el poeta responde con versos que colindan con la prosa: “Y ahora, me digo yo abriendo tu ropero, mirando tus vestidos; ¿ahora qué les voy a decir a las rosas que te gustaban tanto/ qué le voy a decir a tu cuarto, mamá?”. 

Aceptar la muerte de alguien querido implica a la vez aceptar que tal desaparición ocurre también dentro de nosotros mismos, que tal muerte trae consigo el fallecimiento de algo que nos ha habitado, y que debemos enterrar y dejar descansar no menos que a quien ha fallecido. Tanto Pasos como Becerra afrontan dicho proceso y lo enuncian a través de versos largos, anisosílabos, en alguna medida monorritmicos, versos que son a un tiempo confesión y admonición:  revelan un dolor individual y conminan a no plegarnos a su férula. 

Canto de guerra de las cosas y Oscura palabra aceptan la muerte, pero no se le resignan. En ambos poemas hay extrañeza, desconcierto, porque hemos cohabitado desde el origen de los orígenes con la muerte y, sin embargo, no aprendemos a convivir con ella y malgastamos la vida y la muerte, e incluso las confundimos, hasta que un hecho superior a nosotros –la certidumbre de la propia finitud, el deceso de un ser querido-, nos regresan a buscar la explicación, la raíz de aquello que nos negábamos a entender. 

En su canto, el poeta nicaragüense intuye que “Esta cal de mi sangre incorporada a mi vida/ será la cal de mi tumba incorporada a mi muerte,/ porque aquí está el futuro envuelto en papel de estaño,/ aquí está la ración humana en forma de pequeños ataúdes,/ y la ametralladora sigue ardiendo de deseos/ y a través de los siglos sigue fiel el amor del cuchillo a la carne.” Pasos va de la certeza de su muerte individual a la certeza de que la humanidad, como tal, se ha impuesto un final, por alguna razón insondable,  hecha de múltiples razones dispersas que pueblan el sentir y el pensar humanos –rencor, odio, autocomplacencia, miedo, intolerancia, soledad, inferioridad, incertidumbre, cobardía-. Ante el atroz triunfo del aspecto mezquino del ser humano, para Pasos “...todo se funde y corre al llamado de guerra de las cosas,/ como se funde y se escapa con rencor el acero que ha sostenido una estatua.” 

De golpe, como si todo el silencio y toda la tristeza los hubiese empleado en ello, Becerra declara y se declara la ausencia materna: “En el fondo de la tarde está mi madre muerta./ La lluvia canta en la ventana como una extranjera que piensa con tristeza/ en su país lejano.” La frase es directa, hiriente, limpia. El poeta transita de la rebeldía contra la muerte a la revelación ineludible de tal realidad. Becerra comprende que el dolor por el deceso materno es algo que únicamente él puede resolver, sin más asidero que sí mismo y su poesía. Los versos se vuelven concéntricos, en la estructura, y abiertos en la expresión. Las metáforas, las imágenes, los recursos estilísticos, se vuelven más sencillos y concretos: “Ella que se ha quedado como una ventana/  que nadie se acordó de cerrar esta tarde; una ventana por donde la noche, el viento y la lluvia/ entran apagando sus luces/ y golpeándolo todo.” 

Poemas extensos, divididos en varios cantos de distintos registros, Canto de guerra de las cosas y Oscura palabra mantienen sin embargo un carácter unitario e interiorista, que se denota en el tono discursivo y reflexivo de ambos. Tanto Pasos como Becerra nos develan experiencias de introyección en sus poemas; más allá de la estructura cambiante y desafiante de los poemas –aliteraciones, rupturas de ritmo, juegos de palabras, imágenes mentales, alusiones autobiográficas, etcétera-, ambos poemas entrañan la visión íntima de los escritores con respecto a la experiencia de la muerte. 

En Canto de guerra de las cosas se ha señalado el tono de admonición; en el de Oscura palabra, podría hablarse de un tono confesional. De hecho, en la admonición se inserta el aspecto confesional y en la confesión se introyecta el aspecto admonitorio. Cuando expresamos una admonición, confesamos experiencias personales y visiones y lecturas particulares sobre algo; cuando confesamos, ofrecemos una admonición ya que la experiencia expresada y compartida es un ejemplo que ofrecemos a los otros. 

Pasos expresa que “Como la enredadera púrpura de filosa raíz,/ que corta el corazón y se siembra en la fangosa sangre/ y sube y baja según su peligrosa marea./ Así hemos inundado el pecho de los vivos,/ somos la selva que avanza.” El poeta nicaragüense señala la involución del ser humano, que va de la naturaleza viva y fértil, a una naturaleza yerta y estéril. La tragedia del ser humano contemporáneo radica no en la muerte como hecho natural, sino en que ha convertido a la muerte inútil y sin proyección en su único y posible habitat. 

El ser humano debe reconocer la presencia de la muerte, pero a la vez debe alejársele. Si no podemos evitarla como individuos, al menos sí podemos avanzar a su encuentro vivos, reales, con la certidumbre de quiénes somos. Becerra no huye a la muerte de su madre; la deviene en parte del todo emocional y conductual que le legara el ser querido: “Esta noche yo te siento apoyada en la luz de mi lámpara,/ yo te siento acodada en mi corazón;/ un ligero temblor del lado de la noche,/ un silencio traído sin esfuerzo al despertar de los labios.” 

Hacer nuestra la muerte de un ser querido, implica imaginarlo y pensarlo en su nueva condición, es decir, recrearlo en otra realidad y en otro tiempo y espacio, pero conservando la esencia de lo que es, a pesar de la ausencia, para nosotros. Becerra siente a su madre inadaptada a la condición de muerta pues él mismo no la siente aún como tal: “Esta noche hay algo tuyo sin mí aquí presente,/ y tus manos están abiertas donde no me conoces.” 

En Canto de guerra de las cosas el ser humano se entrega a la muerte como nueva condición natural. Pasos refleja la paradoja cruel de tal entrega numerando un ascenso, ascenso que es en realidad descenso a las regiones del caos y de la sinrazón: “Desde mi gris sube mi ávida mirada,/ mi ojo viejo y tardo, ya encanecido,/ desde el fondo de un vértigo lamoso/ sin negro y sin color completamente ciego.” El ser humano ha perdido sus sentidos; está en una tierra yerta y no encuentra su lugar en ella. La nueva naturaleza lo obliga a andar con pasos desatentos, desgastados por el tiempo y por una existencia absurda. 

La unidad interior de ambos poemas permite a sus autores aventurarse en variaciones del tema, sin caer en la dispersión. Tal unidad se basa tanto en la congruencia de pensamiento y de emoción de los poetas con respecto al tema, cuanto en el aprovechamiento inteligente y ágil de sus influencias –T.S. Eliot, Valery, Ezra Pound y la generación española del 27 son lecturas que comparten ambos escritores-.De ahí que pueden abordar un tema tan difícil y agreste como la muerte, con rigor y disciplina y al tiempo con soltura y audacia. De ahí, también, que cada uno puede aportar su lectura particular de la muerte, y una resolución singular de la relación con la misma. 

La muerte no se limita a ser una inmersión en la nada. También es otro comienzo, y nos lleva a entender la existencia en otros términos. No pensamos, claro, en cuestiones sobrenaturales o en asuntos religiosos, sino en términos sentimentales e intelectuales. La trascendencia de cada individuo radica –a nuestro punto de vista- tanto en su  carácter conductual y emocional, cuanto en su proyección afectiva en quienes le rodean. A la búsqueda desaforada e irracional de tener una trascendencia divina por parte de muchos seres humanos –búsqueda que provoca desde neurosis y violencia intrafamiliar hasta genocidios y destrucciones sociales-, se opone la sencilla, pero concreta y palpable, trascendencia afectiva. 

Esta trascendencia funciona como vínculo entre Becerra y el lugar en que debe ubicar a su madre. La muerte devela nuestra transitoriedad y nuestra soledad, cierto, pero también nuestra afectividad y nuestra intransferibilidad. Somos únicos e irrepetibles. El encuentro de Becerra con su muerta es a ciegas, en una dimensión que le rodea y supera: “Pero no hay luces para caminar así por la casa,/ pero no hay luces para caminar así por el mundo,/ y yo voy tropezando, abriendo puertas que ni siquiera estaban cerradas;/ y sé que no debo seguir, porque los muebles y los cuartos/ y la comida en la cocina y esa música en un radio vecino,/ todos se sentirían de pronto descubiertos, y entonces/ ninguno en la casa sabríamos qué hacer.” El poeta mexicano no transgrede la naturaleza de la muerte, sino que quiere entender al sujeto de su afecto en esa naturaleza. La conciencia de la propia finitud surge en Becerra con la certeza de la finitud de los otros. 

En Pasos, el ser humano colectivo y el individual se enfrentan al mismo final, a la misma derrota de la existencia vital, pero sobre todo, a la misma incertidumbre; el ser humano ha dejado de vivir la vida y de morir la muerte, y ha degenerado en vivir la muerte y en morir la vida: “Detrás de ti quedan ahora cosas despreocupadas, dulces.” Esas cosas despreocupadas conforman una naturaleza muerta donde “no hay nada exacto, no hay nada malo ni bueno,/ y parece que la vida se ha marchado hacia el país del trueno.”

 Hombre en busca de su equilibrio interior, Becerra tenía la certidumbre de su soledad, pero, a diferencia de Pasos, no atisbó su muerte. Becerra dialogó con la muerte de un ser querido, y en el diálogo encontró el deseo de vivir, fundamento de la última, acendrada e íntima rebelión del poeta contra la desconcertante y perturbadora red de sobreprotecciones –silencios, alusiones indirectas, rememoraciones contenidas- con que pretendemos adaptar el deceso a nuestra realidad, y no nuestra realidad al deceso: “Mienten las cosas que hablan de ti/ tu rostro último me mintió al inclinarme sobre él,/ porque no eras tú y yo sólo abrazaba aquello que el infinito retiraba/ poco a poco, como cae a veces el telón en el teatro,/ y algunos espectadores no comprendemos que la función ha terminado/ y es necesario salir a la noche lluviosa.”

 El drama de Becerra radica en regresar a la vida después de haber sentido la muerte encarnada en la madre; el de Pasos, en buscar el sustrato de la vida a pesar de tanta y tan prolongada presencia de la muerte. El nicaragüense se revuelve contra un mundo muerto y estéril, mundo en la nada: “¡Qué dieras hoy por tener manchado de sangre el vestido!/ ¡Qué dieras por encontrar habitado algún nido!/ ¡Qué dieras porque sembraran en tu carne un hijo!”. Pasos reclama una mujer viva, llena de sangre viva y de un vientre vivo.

 El séptimo y último canto de Oscura palabra resulta más intimista que los otros cantos del poema. En este último canto el poeta habla a su madre al oído, en murmullos, y le habla de cosas que sólo ellos saben y comprenden; el canto, sin mayúsculas y sin puntos, únicamente con comas, revela un diálogo que se va concentrando y remontándose en los dos seres: “ahora mis palabras se han enrojecido en su esfuerzo de alzar el vuelo,/ pero nada puede moverse en este sitio donde yo te respondo/ como si me estuvieras llamando,/ nadie puede infringir las reglas de esta mesa de juego a la que estamos sentados”.

 Para vivir la memoria materna, Becerra debe hacerlo desde la perspectiva de la muerte, pues dicha memoria es ya indivisible de su finitud. Hablamos de un diálogo lleno de silencios y de dificultosos retraimientos: “a solas como el mar que rodea al naufragio/ hemos de contemplarnos tú y yo,/ nada nos une ahora, sólo ese silencio”. Becerra evoca imágenes silenciosas, de tiempo suspendido; la memoria que conservamos de los seres queridos muertos es, precisamente, tiempo en suspenso, en perpetua contención emotiva.

La muerte es condición indispensable para la vida, lo que no implica que esto la haga menos cruel e implacable para cada uno como individuo. 

Cuando la muerte sólo se inclina por el aspecto negativo, necrofílico, del ser humano, se pervierte en algo indeseable y antinatural: “He aquí, sin lástimas, sin subterfugios, sin versos,/ el dolor verdadero.” En el último canto del Canto de guerra de las cosas el tiempo suspendido se corrompe en tiempo horrorizado por el odio del ser humano contra sí mismo: “Todos los ruidos del mundo forman un gran silencio./ Todos los hombres del mundo forman un solo espectro.” El ser humano se ha convertido en fantasma de sí mismo, y el poema adquiere un sordo acento de tristeza.

 El deceso materno es en última instancia para Becerra encuentro con el crecimiento emocional, que lleva a reconocer la individualidad, y a proponer un diálogo interior con el ser querido: “ahora un poco de flores para mí/ de las que te llevan,/ también en mí hay algo tuyo a lo que deberían llevarle flores,/ ese algo es el niño que fui,/ ya nada nos une a los tres,/ a ti, a mí, a ese niño”. Todos recreamos a los seres queridos dentro de nosotros mismos. La muerte, sin embargo, nos retorna a nuestra singularidad y a nuestra soledad. Para conservar al ser querido, debemos hacer el doble esfuerzo de conservar su memoria viva en nosotros y al tiempo ubicarlo en su nueva e irreversible realidad. Conservación y separación, continuidad y distanciamiento son los movimientos que escinden a Becerra, en esa resolución de los irresuelto. 

Joaquín Pasos entiende la iniquidad de la necrofilia que llevara al ser humano a la Segunda Guerra Mundial. El ser vivo ha desaparecido y todo pierde sentido, incluso la muerte. Los versos finales de su canto caen como las últimas gotas de una fuente agotada. Todo vuelve a ser, como en el origen de los orígenes, del dominio de la nada: “He aquí la ausencia del hombre, fuga de carne, de miedo,/ días, cosas, almas, fuego./ Todo se quedó en el tiempo. Todo se quemó allá lejos.” En la nada se existe en la no existencia, en el no ser. Esta condición anula el tiempo tal como lo asimilamos y lo deviene en un fluir sin propósito y sin sentido: barroquismo del vacío. Pasos intuye que todo ha terminado, y en sus versos intenta mostrarnos el horror que ha experimentado al conocer la presencia de la nada.

 Pasos y Becerra murieron en el umbral de la madurez creativa, pero a pesar de ello concretaron una obra. Estos cantos de oscura palabra y de cosas en guerra, nos permiten intuir lo que vieron ambos poetas desde sus respectivos umbrales. Se asomaron y se adentraron en la muerte para retornar de otra forma a la vida, recuperada y comprendida.

 La vida y la muerte no son experiencias separadas ni disímiles entre sí, y sus signos y formas se advierten en distintas manifestaciones. Pasos y Becerra hicieron dos lecturas contrastantes, plenamente personales, de la vida y de la muerte; dos lecturas en que, en esencia, presenciamos a la juventud vislumbrando lo mortal y por lo mismo, sus propias limitaciones. Sólo crecemos por entero cuando comprendemos nuestros límites y nuestra finitud. Pasos y Becerra crecieron con base en tal comprensión.