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AQUELARRE

Un pájaro cuelga del hueco del cielo
Un pájaro blanco en estado de celo
Silvio Rodríguez

En las mañanas Alvaro escucha As tears goes by. A través de mis lágrimas veo este predio vacío. Yo, mi minotaura, sin laberinto ni espejo. Alvaro escucha al zenzontle del Reparto Regina (en la salida de Diriamba). Nada es sencillo, ni decirte que hoy hay un hombre de camisa blanca podando las hierbas. Con el sol todo tintinea, al machete, los vidrios de la barda. Alvaro tiene un olor a olivo y olvido. Decirte nada más: Alvaro oye música en la mañana, huele a cama todavía y yo voy a visitarlo.

Conforme pasen las lluvias se irán secando estas hierbas. En la pared están los rótulos viejos. Soy especialista. ENSA POR LA PAZ POR EL FUTURO. Vilma. Es sobre Vilma, oh extraño animal. Oh de hocico húmedo frente al espejo. VILMA Y DONALD. Pero Alvaro sólo el olor. Cinamomo, semen, sudor. Yo no, yo soy ella, esta muchacha sin espejo.

El predio vacío, asexuado, como el hombre de camisa blanca. Te voy a contar. Ese reparto no tiene de extraño nada. El nombre, Regina. Vilma, buscabas a Donald, olor a talco, camisa número 1000, se afeitaba todos los días, un hombre de límites literales (esta frase es de B.A.) Y esto que estoy contando es sobre los límites de Donald, la limpieza de sus manos lácteas.

Alvaro no. Alvaro ahora finge dormir. Mi zenzontle. Razonarme antes de llegar y entrar a su cuarto (¿quién dijo y por qué mi zenzontle?). Cómo te cuento si yo no soy la Vilma. Llego hasta el cuarto como en un sueño. Paso por Alvaro (chocolate, azufre). Cruzo el patio, hasta el límite, veo los patitos (me dan ganas de llorar), las limaollas, las nubes. Me detengo frente a los cuartos oscuros.

Entonces mejor te cuento cómo era la casa. Mientras Alvaro duerme, as tears goes by, sudor, marihuana. Alvaro era así. Había un patio con rosales, tunas y ollas antiguas sembradas. Una vez miré llover allí. Alvaro decía. En la sala, sillas abuelita, un paisaje. Los padres en los Estados Unidos. Ahora están sentados aquí, pero qué tiesura, B.A., la Vilma, yo (vestida de verde), Alvaro. Es todo oscuro (como el pelo de Donald). ¿Hay perro, Alvaro? Sólo Donald falta.

Así era la casa. Como una conversación. Con un larguísimo corredor , y tejas y paredes altas. Alvaro me enseñaba los grabados. B.A. adoraba el torso torneado de a.- Alain Delon, b.- Alain Delon, c.- Todos los anteriores. Se reía. La Vilma, qué menina de mierda, miraba por la puerta del fondo hacia el patio. Una noche estrellada. ¿No hay perro, Alvaro? ¿Yacía con vos B.A. día a día o tal vez de pereza un domingo se mostraban los sexos, cuando las camas cálidas eran más que la tierra esa pesantez, el norte del Reparto Regina?

Así era Alvaro. Pero tenía novia. Una novia morena, con un pelo que yo se lo admiraba, casi afro, natural, manejando motocicleta. Ella no le entendía lo de Doré y el Monte Fuji. Pero sí Fujimori, Tony la Russa, Billy Idol, gente simpática. Había noches que no reíamos. Sobre todo las noches de televisión. Trabalenguas del ojalá. Una fiesta con aliento a bol, un orgasmo con la cara sudada, quietecita, mirando el cielo en la ventana, ser esas caricaturas. Y estábamos en silencio. Esta sala hija de puta, dijo B.A. sobre el anuncio de Belmont. Calaverita de tu madrecita, pajita de los sueños, mandala. Porque la televisión es tu mandala. Y se perdían en el corredor: Alvaro, B.A., Manuel (un personaje secundario).

Cómo te cuento de nosotros, incluido Donald, si yo no puedo estar en todas partes. Esta boba mirando el letrero de qué puta partido. Yo me lo perdí todo con el hueco de mi jupa (es decir, cabeza). Yo no soy una mujer ubicua. Todo me llegó por chismes (por zenzontles, por espejos). B.A. acariciaba a Alvaro, o Carmen, la novia de Alvaro, partía hacia Tupilapa con Manuel (amiguísimos). Yo probé la marihuana una vez, con unas palabras soeces de fondo (y más al fondo Débora Harris). Adentro de la marihuana, como en pompas de jabón, estaban el Minotauro y su espejo. Pero muy al fondo. Aquí cerca Alvaro y sus grabados. Ve, amor, la línea. Manuel y su mujer, extraño cuadrumano de 42 años. Era la fiesta. Ya habíamos dejado de estar tristes. B.A. elástico. Esto se termina. Fin.

POSDATA REVIVIDA/ REPARTO REGINA II 10 P.M.

B.A.: Se va ir Alvaro.

Vilma: Mirá, B.A., está todo raro lo que te coge con Alvaro. Dejalo.

Yo: Silencio.

Vilma: Todo es que no se ahogue en Tupilapa. Las olas son altas.

Yo: Silencio.

Vilma: Vení, Alvaro, bailemos.

Alvaro: Dominar a un duende.

Yo: Oh duende que sos, Alvaro.

(La aridez de mis palabras y la de todos los seres humanos. Como esta recién leída conversación, como un predio enmontado bajo el sol. Sólo Tupilapa tiene su puerta abierta, su permanente puerta abierta, su aridez de sueño.)

Primero fumé marihuana, después me llegó la invitación a la fiesta. La puerta estaba abierta., esto lo miró muy bien la Vilma. Me estuvo contando en detalle. B.A. se fue haciendo amigo de Alvaro. Un domingo por la mañana le tendió una trampa. Los domingos son brillantes y calurosos. Llegó como amigo y lo abrazó. No hay espejo en el cuarto. Corrió la cortina y la luz se volvió tan cómoda. Puso música. Pero en verdad la Vilma estaba atenta nada más a la puerta que daba al corredor, al patio y a los cuartos del fondo.

Por qué será que en Regina todo es enervado, todo como una cosquilla por dentro. Volvíamos a la T.V. Todos serios. Cuando nos íbamos, la Vilma y yo platicábamos. Era algo de la tierra y del peso de las cosas. Había fuentes en nuestra plática sobre el sendero húmedo en el invierno, los cipreses y los rótulos olvidados de las bardas sucias. También mi fuente húmeda en los libros instructivos. Algo ciego, como esas oscuranas de la casa o los recitativos de las óperas que escuchaba B.A. ¿B.A. orinaba por los rosales, Vilma, como Alvaro a veces?

Primero fumé marihuana y después la Vilma cruzó la puerta. No pude decirte cómo era la casa. Era una casa que Donald escuchaba. Alvaro se puso serio y me contó cómo era Tupilapa, allí cualquier mujer pone las manos en la barda coloreada, se inclina húmeda como una luna que se desvergüenza, para ser palpada con esta misma mano que entonces se humedece mientras mide. Es una playa tan oscura que no temés que te vean. Por eso podés dejar que te toque, tus ciegos pezones se despiertan. Pero mejor hablemos de los Estados. Yo me voy para allá pronto. Vos sos tan quietecita como un conejito. Y qué brillantes tus ojos.

Entonces llegó B.A., así nomás, cetrino, delicado, y se sentó con nosotros. Fiesta y T.V., el cuadro resumen de nuestro estado, sólo falta un elemento: el sexo de alguno de nosotros, mujer o varón, encendido. Donald escuchaba todo. Estamos aquí, en la estación de Goya, municipio de Regina, con todas las caras en penumbra por la irradiante T.V., en donde podemos ver las noticias del Medio Oriente y Japón. Noche de aquelarre. La bruja Vilma perdida en el corredor. La bruja yo, tan tierna como una coneja. A las doce, Donald. Coming up. Stay tune.

Porque B.A. nos hizo reír siempre con eso de las brújulas, la indelicadeza pruritante de los condones norteamericanos, la T.V. como zarza que nos ardía la cara. Y Goya. Se aprovechan. Ni más ni menos. Oh gato echado que me miras tan intelectualmente. Fue cuando él, B.A., pidió mi mano. ¡Que viene el coco! Y aún no se van. La pregunta clave, según la Vilma, ¿pero qué es lo que te gusta hacer? ¿Descoyuntarte con un hombre, sudarlo, como al sol, al oso panda, mojarlo todito y después tener una casa en la que al fin haya luz, haya menos Goya que en esta casa? ¿No hay quien nos desate? ¿Quién más rendido?

Me puse cálida para B.A. Como una barda bajo el sol, en domingo. Alvaro huele a shampoo de manzana. Lo siento ahora que lo tengo cerca y se distrae y no hace caso de lo que B.A. dice. La Vilma en cambio explora el corredor oscuro. La T.V. nos ilumina tristemente la cara. A mí me da vértigo el corredor, balaustrada raída, tejas que van sobre mí. Qué tal si nos casamos, nos contamos los secretos sobre la arena de Tupilapa, los hombres en calzoncillos, los insomnios y el té.

Después estuvimos mirando quietamente la T.V. En un comercial de Dupont B.A. me tomó las manos. Después nos fuimos la Vilma y yo, y platicamos como siempre. Tupilapa, una ola verdosa. Mirá, me decía, soñé con esa puerta frente al mar. Allí estábamos todos. Hasta Donald. Porque ya entonces nos presentaron a Donald. Pero Alvaro era como esos pájaros que hieren el cielo en el sueño, un olor a crema de almendras y tabaco. Yo tu albatros, Alvaro.

UN FINAL EN TUPILAPA

Esto fue lo que soñé esta noche. Adivinaba esos esteros próximos a Tupilapa. Y estaba Alvaro para aclararme lo dañinas que son las mareas aquí. Y me dijo: «Estás pisando las revistas en límite de la puerta». Yo me distraje con las revistas. Eran unas Vanidades. Transcurría el día del sueño, ocre y quieto. Seguía llegando gente a las casitas alzadas en tambos y pintadas con listones de todos los colores. Me olvidé de Alvaro y del mar. Hasta que llegó la Carmen a decirme que él se ahogaba en la última ola. Vieras que horrible, cómo me dolía el corazón. Allí estaban ya sus pies desnudos, morados. Y yo estaba con las manos extendidas desde la puerta. Carmen y Manuel se ponían a contemplarnos a los dos, a él, el ahogado, y a mí, la mujer que estaba asustada con el muerto. Después todo se diluyó en la casa y el dolor. La casa ya sola de ahora, con el retrato de Alvaro, con las plantas creciendo en el corredor y Donald esperando el circo.

Un día así como este, domingo, predio vacío, llegué a verlo y estaba solo. Apagó la T.V. y fue a enseñarme las ollitas que estaba haciendo con grabados griegos o etruscos. Como hacía calor, me dijo que fuéramos al corredor. Se puso melancólico y me contó de su infancia. Esta es la banca donde me peleé con mis primos. Aquí abandoné al conejito amorriñado, fueron lágrimas. En aquel rosal me hice una herida que me dejó esta seña en la rodilla. En los tejados había siempre palomas.

Donald salió de los cuartos del fondo, en camisola. ¿Y aquel hombre?, le pregunté a Alvaro. Vení, me dijo, te voy a presentar. Era bien amable Donald, pero te aclaraba siempre cuál era su límite, menos que el rosal, hasta donde se ve la ollita negra, hasta allí. Y de noche también. Pero es que la T.V. es para la gente joven. Calculé que pesaba 350 libras. ¿Pero ventanas al otro lado?, le pregunté. Sí, me dijo. Hay un cafetal. Antes era mejor, venían circos. Todavía en el setenta iba al cine. Sólo tengo un espejo en mi cuarto. Ansias.

Después nos fuimos a la sala, al olor del Sony y Alvaro, un pez vivo que me salpicaba toda. Cosas de vos y B.A., le dije. Me dijo que él era libre. Te acordás cuando me dio conjuntivitis, fue por él. Ahora voy a hacer camisetas con el Quijote de Picasso. Entonces B.A. corrió la cortina y te dijo que indicaras el norte y se rió de que tu sexo estuviera desviado levemente, ¿es cierto, Alvaro? Porque mi vocación es dibujarte y dibujarte. Y te pregunto de esas noches de Donald, con el circo y su cara pálida.

Yo las he soñado, las noches de Donald. Pero con circo, al menos con ponys en círculo y mujeres con brasieres de oro. Porque me parecía tan triste su vida. Con espejo y catre y ventana. Deben ser como aquelarres cada noche, con los recuerdos del cine o del aire de un boulevard. Bruja Vilma, bruja yo, en el aquelarre, flotando en el aire negro de su cuarto. Acaso es un zenzontle el que le anuncia la mañana y Donald camina hasta el límite, a cortar una rosa, orinar y ver en la cielo el Toro.

Así era Donald, escuchándome. Tan cetrino, B.A. ¿No hay peligro que la Vilma haya entrado? Anclá en mí, Alvaro. Donald se incorporó atormentado por las palabras de nosotros y el calor. La ventana siempre abierta. Se oían grillos. La penúltima estación había sido San Marcos, cuando él era aún más gordo. En su meditación las cosas aparecían sin fuerza. Recordaba igual una esquina donde esperar, el vestido de la Vilma descendiéndole por la cadera, el último día del circo. Cuando lo guardaron aquí, Donald era el Minotauro con cuernos de puntas de oro, con laberinto de mecates. Ariadna, me dice, se parecía a mí, la misma aridez de mirada y la insistencia en las empresas martiriosas. Donald extrañaba entonces el furgón en el que lo acarreaban de un pueblo al otro, hasta el olor a vaca sucia que tenía (tan limpio, tan afeitado), hasta putitas piel canela, tendetes de jarras de plástico.

Pero este cuento no podía de conmover a la Vilma. B.A. se dio cuenta. Estábamos mirando cantar a David Bowie en la T.V. y, por supuesto, B.A. bailaba. Oh glamour. Alvaro con su olor a after shave y ron. Bowie hizo de Pilatos. Pilatos y los romanos y después el circo. Alvaro el león. B.A. el artista. La luz de la T.V. nos iluminaba la cara. ¿Cuando termina esta noche, Vilma? Vendremos de Tupilapa, fumaré marihuana. Alvaro siempre decía que después de cuatro horas de ver T.V., lo mejor era tirarse a las olas, al agua tibia. Llegó Manuel con la novia de Alvaro. Así estuvimos un tiempo, tiesos como en una foto, frente a la T.V., la luz lavada de la luna llena entrando en la ventana de Donald.

La novia de Alvaro contó quedamente de la ola sonámbula de Tupilapa. Hay una cerca de listones de madera pintados en varios colores. La puerta abierta frente al mar a esta hora. Cosas de escalofrío. Me voy al agua tibia, dijo Alvaro. Y los demás lo siguieron. B.A., Alvaro, Manuel, se sentaron allá por el límite. Ardía todavía en nuestros rostros la luz de la T.V. Vamos nosotros también, dijo al Vilma. Alvaro y ese olor a chiclets de canela y marihuana. Apagamos la T.V. y B.A. puso música. Era de esa que flota arribita de la hierba y da en los pies hormigueos como de ascensor.

Allá en lo oscuro vi los ojos de Donald. Pensé en ser amable y le sonreí, la discreta. El cielo del patio era como un camino estrellado, los tejados como alfabetos difíciles en la penumbra. Esa mano cálida de B.A. en el hormigueo del ascensor, con ganas de decirle: ay, Alvaro huele tanto a algodón de azucar y limón, ¿cuándo acabará esta noche, Vilma? Alvaro conversaba con Manuel, tan serios los dos, quedamente, qué haremos con esas puertas abiertas frente al mar de Tupilapa. Yo puse una vez a una mujer contra esa cerca blanca, diciendo muerte a las mujeres inaccesibles. Y de tus relaciones qué ha quedado, Manuel? Porque yo quedo siempre blanco, hasta puro, nunca voy a la Iglesia pero me siento bien, no hay suciedad posible, excepto cuando alguien anda hablando por ahí. Vengan a bailar, dijo B.A. En el límite, en el límite para que se acerque el Minotauro. Con los ojos brillando en la luz de la luna, qué amable, Vilma, qué amable que puede ser un circo.

Así todos nos acercamos. Oh Alvaro con olor a sudor y marihuana. Eramos un hormigueo en el límite y Donald ya se acercaba. Aquelarre, gritaba B.A., Tiresias, bruja Vilma, bruja yo. Sólo nos faltaba levitar en el amplio espacio oscuro del corredor. Quise en aquel enredo encontrarme con la Vilma, decirle que estaba feliz, que había aceptado la mano de B.A. Esos ojos de luna de Donald, tan cerca de nosotras, y el olor a tabaco de Alvaro. Cuál espacio, gritaba B.A., cuál espacio. El cielo estrellado, le dije yo (tan impráctica). Pero Donald dijo que su cuarto tenía las paredes altísimas y un espejo. Hubo un momento que tuve a la Vilma muy cerca, pero no le dije nada, sólo le vi la luna reflejada en su pelo negrísimo. Bruja Vilma, bruja yo.

Ahora, Alvaro, en domingo, estás dormido. Para qué voy a verte. Si acaso estoy tiesa frente a este predio soleado. Llego hasta vos, aspiro tu olor a acuarela y tinta. Que me dijeras que vos tampoco estás en las sombras de un cuadro. Te despierta el zenzontle (me vale saber si los zenzontles son pájaros nocturnos). Oh Alvaro solitario como Donald en esta casa, cuándo retornarán nuestros juegos y nuestro circo. Por nuestra ventana los monitos conducidos por B.A., el inocente sin cortina corrida. Dormido.

Oh Alvaro, dulce obsceno, en el abismo de una puerta abierta al mar, Tupilapa, desde cuya baranda divisás a tu lejana novia con Manuel. Y cómo huelés a arena y ola. Mi espacio es ése, dijiste, mi límite aquel, señalando el horizonte. Qué inocencia, si yo sabía que tu límite era Sony y marihuana y las ollitas y B.A., mientras tus papás no vinieran de los Estados. Aunque en verdad, juntos todos, como aquella noche, pudieramos alzarnos del suelo en torno a nuestro rey cornudo, el inmenso hombrón de pecho peludo.

Después el animal babeante, pero ahora sólo el aire, las sombras en las que flotábamos. El silencio de B.A., casi lírico antes de ser científico. Y la Vilma envidiada por estar rozando casi el techo como una princesa, sin vértigo (pero el animal la esperaba y ella era parte del animal). La Vilma me iba a contar después aunque todos lo habíamos visto, una vez en el espejo, otra vez en la realidad, desde nuestro aire (no me soltés la mano, B.A.). Ella y Donald formando el animal cuadrúpedo frente al espejo, cuando Donald se puso violento y su espalda blanca se llenó de vetas rojas, sembrando a la Vilma, obscenidad blanca con cuatro patas y un solo sexo, con baba y pelos y gemidos. Y todos nos extrañamos de la suerte de la Vilma, desde el aire (Alvaro también divisaba desde el regazo de B.A.), y estuvimos en silencio hasta el final del acto. B.A. con cientifismo, Alvaro con olor a noche. La Vilma gimiendo y Donald con la luna en la mirada dura y triste.

Cosas de los espejos, dijo Donald. La ventana estaba abierta y la luz de la luna entraba hasta dar en el suelo. Tiresias, Tiresias, el espacio, decía B.A. Bruja Vilma, en el ángulo superior (bruja yo). Todos flotamos en torno a Donald y él se sacó su calzoncillo verde. Y la Vilma estaba ya en el ángulo superior. La luz de la luna era más constante que la de la T.V. (acaso la habíamos dejado prendida en la sala) Eran unos ocres tan bellos y fúnebres en el cielo del cuarto de Donald y él estaba abajo, desnudo. Bruja Vilma. B.A. con su cara descansando en el regazo de Alvaro, sintiendo el olor a semillas de marañón asadas. Yo sosteniendo apenas la mano de mi prometido. La novia de Alvaro con esa luz de luna que es puerta frente al mar. Este es el verdadero final, de todos el que más me gusta. Eran como las 3 a.m. Pero abajo estaba Donald desnudo, esperando. Y nosotros flotando, formando un polígono con la Vilma en el ángulo superior y todos oscuros.
Leonel Delgado