Por Daniel Link
Blas Matamoro nació en Buenos Aires en 1942 y desde 1976 vive en Madrid, donde dirige la
revista Cuadernos Hispanoamericanos. Entre sus obras figuran los ensayos La ciudad del
tango, Saber y literatura, Por el camino de Proust, Genio y figura de Victoria Ocampo,
Lecturas americanas y Lecturas españolas, además de las narraciones Nieblas, Las tres
carabelas y Viaje prohibido. Hace dos meses, Espasa publicó en la colección Vidas
de escritores su Rubén Darío, una biografía correctísima y elegantemente escrita
del más grande de los poetas finiseculares (aun si se lo compara con sus pares franceses,
Baudelaire o Verlaine, Darío sale ganando).
Consciente de los riesgos que implica la crítica biográfica (después de todo, Matamoro
es una autoridad en Proust y puede citar de memoria el Contra Saint-Beuve), el crítico
argentino no se privó, sin embargo, de iluminar las zonas oscuras de la vida
de Rubén Darío a partir de sus textos, tarea no sólo lícita sino necesaria, si de lo
que se trata es de comprender una vida agobiada por el alcoholismo, las penurias
económicas y el vacío existencial. No es una aventura menor: después de todo, se trata
del poeta que más amaron las maestras de primaria y del poeta cuyos versos (memorizados a
la fuerza por millones de escolares: La princesa está triste... ¿Qué tendrá la
princesa?) constituyen el mayor tesoro de América: nuestra memoria literaria
colectiva. Hay, al menos allí, una contradicción que pide a gritos un poco de sentido.
En el final del capítulo que reproducimos en esta edición, Matamoro lee en clave ciertas
citas de Darío: La más picante y gruesa es, precisamente, la del armario: en el
fondo de Rubén había una mujer que no terminaba de reconocerse como tal y que tenía
fobia a las mujeres a la vez que se sentía atraída fuertemente por ellas para
identificarse con el género femenino. Sin ir tan lejos, puede decirse de nuestro poeta lo
mismo que de cualquiera: que todos tenemos un fondo femenino porque hemos sido mujer en el
cuerpo de nuestra madre y hasta feto de mujer los primeros cuatro meses de embarazo.
Nicaragua puso el grito en el cielo. Ni lerdos ni perezosos, la Academia Nicaragüense de
la Lengua y el Banco Central de Nicaragua (!) organizaron en la Biblioteca Roberto Incer
Barquero un panel para discutir la más reciente diatriba contra Rubén
Darío, el libro de Blas Matamoro. Con la coordinación del director de la Academia,
Jorge Eduardo Arellano (autor de casi un centenar de libros), expusieron sus
descargos, el pasado 9 de julio, Pablo Kraudy (Premio Nacional Rubén Darío 2001) y
Ramiro Argüello Hurtado (crítico y psiquiatra). Bajo el ominoso título de Rubén
Darío, ¿homosexual?, los expositores analizaron el ensayo biográfico de Matamoro,
abogado del movimiento gay del Uruguay en los años sesenta y radicado en España
desde los setenta. Consultado por las causas de tan singular convivio, Arellano
señaló que además de negar la trascendencia literaria de Darío, Matamoro realiza
una interpretación homófila del poeta, según el académico entiende en la cita
reproducida más arriba. Nicaragua, dijo Arellano, como si de un mérito (y no un
déficit) se tratara, no ha producido ningún intelectual homosexual. Arellano
aseguró que Matamoro, como defensor de los derechos de gays y lesbianas,
reduce a Darío y su obra. Para Arellano, el Rubén Darío de Matamoro
carece de fundamento, es inconsistente y procaz y está
manchando el nombre de Rubén Darío.
Por su parte, el Dr. Argüello Hurtado señaló que De Rubén Darío, nuestra
gloria, ya hemos aceptado su alcoholismo, porque el etilismo es el vicio nacional, pero
con el acuerdo tácito de que no surja otro borrón infame en su conducta y estilo de
vida. No tengo claro si Rubén es tan nicaragüense o los nicaragüenses somos tan
rubenianos, pero tengo por cierto que ninguno de nosotros, incluso radicado en el
extranjero, pudiera haber acumulado la osadía y la impertinencia para escribir y dar a la
imprenta una biografía como la del bonaerense.
Por su parte, el joven poeta Héctor Avellán (premio Alma Mater 96 en el Festival
Artístico Interuniversitario y ganador de los Primeros Juegos Florales Centroamericanos
del 2000) se mostró impresionado por la rapidez y furia con que respondió la élite de
intelectuales del país ante las páginas de Matamoro. Parecían miembros de la
Inquisición los que hablaban, dispuestos a quemar a todo aquel que aceptara ser
gay, declaró luego de la alarma estatal que expresó el Panel convocado por
Arellano. De acuerdo con una encuesta publicada por El nuevo diario de Managua el lunes
pasado, la sociedad (acorralada por el FMI y presenciando con estupor un turbio proceso de
concesiones petroleras) rechazaron de plano la posibilidad de que Darío haya ejercido el
amor que no osa decir su nombre, pero por otro lado dejaron en claro que nada eso importa
en relación con el juicio sobre su obra. 5 |